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domingo, 31 de julio de 2011

GOOD BY DR GARCÍA




Se fue usted de palacio siendo coherente con sus modales y su sentido del coraje: no acudió a entregarle el relevo a quien, a pesar suyo, había ganado las elecciones.
Ahora, gracias a ese gesto, muchos habrán visto recién qué trémulo personaje se esconde detrás de ese gigante de vinilo que quiere mirarnos desde el morro solar. Porque a mí no me engaña, doctor García: ese Cristo es usted. Es decir, su enfermedad.
No ha hecho usted un gobierno apocalíptico como el que hizo la primera vez. Lo que ha hecho es administrar, con un gran sentido de la oportunidad, el envión de prosperidad que nos viene, fundamentalmente, del precio internacional de los minerales.
Pero tras su gobierno el Perú no es más país, las instituciones no se han fortalecido, la marginalidad de millones no ha cesado, el Estado no se ha rehecho.
Usted ha tenido millones para invertir. Pero el sur del Perú nos mira de reojo, Bagua espera con miedo y los pobres del país -que no son el 31 por ciento, como mienten sus cifras- permanecen en sus guetos.
En suma, hay muchísimo más cemento pero la misma desintegración nacional, la misma incapacidad de involucrar a todos en un proyecto de país reconciliado.
Con usted, doctor García, las desigualdades se han acentuado y la riqueza extrema (sí, existe) se ha concentrado más que nunca.
Si Basadre estuviera vivo diría que hemos perdido otra oportunidad y que otra prosperidad falaz pasará delante de nuestras narices. Porque el Estado empírico y el abismo social -los dos grandes males que él diagnosticara- nos siguen persiguiendo.
Claro, a usted estas consideraciones no le importan. Le interesa más, como a Odría en la derecha y a Belaúnde en el centro, "la obra".
Pero el cemento, los rieles, los colegios se vuelven anónimos con el tiempo y los años los agrietan, oxidan y minan.
Son las obras del espíritu, las grandes ideas, las visiones generosas y la honradez las que prevalecen. Desde ese punto de vista, doctor García, usted es excepcionalmente perecedero.
Martí no levantó una casa, Bolívar destruyó muchas en su noble guerra, San Martín no inauguró ni el balcón desde donde pronunció su discurso fundador. ¿Y Thomas Jefferson? Firmó la declaración de independencia de los Estados Unidos y fue un republicano predicador y convincente. ¿Qué inauguró? Nada. Se limitó, eso sí, a fundar la histórica Universidad de Virginia. Y todos ellos viven junto a nosotros todavía. Viven tanto como murió el Woodrow Wilson que inauguró el Canal de Panamá, una obra que equivale a las 150 000 que usted dice haber levantado en estos cinco años.
Hace tiempo que usted, doctor García, renunció a todo aquello que amó en su juventud. No hay en usted ni un asomo de las ideas que lo encendían. Usted no solo ha cumplido años en estas décadas: ha tenido que olvidarse de quién fue, ha asistido, con gran serenidad y mucha elocuencia disimuladora, a sus propios funerales. Y quien nos ha gobernado este lustro es lo que quedó de usted cuando hizo las sumas y las restas que acabaron por perderlo.
Produce nostalgia recordarlo, doctor García. Era usted brillante, pobre de solemnidad, desprendido como Haya, honrado como quienes murieron en Chan Chan.
La promesa viviente empezó a morir en 1985, cuando usted acumuló sus primeros dineros de inexplicable origen. Terminó de morir en estos cinco años en los que usted ha redondeado sus proezas financieras. Adios, doctor García. Hasta el 2016.

César Hildebrandt
Semanario "Hildebrandt en sus trece", 29 de julio de 2011

sábado, 11 de junio de 2011

¿PIERDE PERÚ?


TOTAL, ¿QUIÉN GANÓ LAS ELECCIONES?
por César Hildebrandt


En el país de las maravillas, donde el relojero siempre da la misma hora y el sombrerero no es loco sino bobo, los ganadores dan explicaciones y los perdedores las exigen. Y la reina de la bara­ja, disfrazada de Cecilia Blume, continúa, impertérrita, su reinado de terror.

Gana Humala y lo primero que hace canal 4 es llamar a PPK, ese lobista sin vergüenza alguna, a que dictamine. Y durante 45 minutos PPK decide que el miedo se instalará entre nosotros, que la Bolsa —esa santa entidad que muchas veces, sin embargo, guarece a especuladores súbitos y pendejos a lo Bernard Madoff— bajará hasta el segundo subsótano y que viviremos por un buen tiempo caminando por la cornisa de un edificio zarandeado por el viento de Chicago.

¿Así? ¿De verdad? ¡Qué miedo! En­tonces la señora que hace de mami­ta del sistema y el señor que hace de guachimán de Buenaventura le pre­guntan a PPK qué hacer. Y entonces este lobista dos veces derrotado, este sujeto que Alan García inventó para que Toledo no se vengara investigán­dolo, este operador de la política en­tendida como negocio, da su veredic­to imparcial.

"Que Humala dé muestras de con­fianza", dice.

Y la señora y el señor, que odian a Humala tanto como aman su propia e inmóvil servidumbre, acatan, aplau­den, repreguntan y azuzan.

En suma: Humala debe decirnos qué va a hacer con el BCR —como si con el Banco Central se pudiera hacer algo que no esté contemplado por la ley que, felizmente, lo blinda—, qué hará con el Estado —como si con el Estado se pudiera hacer algo más que fortalecerlo después de que los liberales lo han masa­crado hasta casi desaparecerlo—, y además, quién será su primer minis­tro, quién se hará cargo de economía, quién del comercio exterior, en qué manos estará la Sunat —no vayan a usarla como arma política, dicen los ladrones del fujimorismo, los que crearon "el RUC sensible" y el maletín delivey—, y qué se hará con la mine­ría, pobrecita, que ya tiembla y suda. Y agregan que Humala tiene que ju­rar que "el sistema" no será tocado, porque si no los capitales se irán y las inversiones nos dirán adiosito desde la ventana de un jet privado.

O sea, lo de siempre: que la derecha gana cuando gana y la derecha gana cuando pierde. Y su arma de des­trucción masiva es el miedo: gana cuando ha asustado lo suficiente y, cuando pierde, infunde tal pavor al adversario que termina por incorporarlo a sus filas y a sus programas preservantes.

¡Y todos somos unos tetudos que si no obedecemos ni cantamos sus himnos estaremos condenados al infierno!

Aparecieron, de inmediato, en la tele hedionda de esa misma tarde, más embajadores de Altamira señalando plazos y exigiendo nombres calmadores. "Y que sea pronto", dijeron con la sangre en el ojo. Y en el canal 2 las caras eran como si la franja de Gaza se hubiera liberado.

Humala, que se animó a la medianoche a hablarle a la gen­te que lo había elegido, eludió el enfrentamiento y dio un discurso de candidato.

Pero en las siguientes horas le dijo a la CNN que nadie debe preocuparse porque nada, en el fondo, cambiará. Faltó que dijera, como curita franciscano: "Lo que sobre, se repartirá". En ese mismo momento, un mayordomo de García llamado José Vargas dijo, mandado por el amo, que a Fujimori hay que soltarlo ya. Cuando se le preguntó a Humala al respecto, su respues­ta vino de la horchata y ni siquiera reflejó un punto de vista moral sobre asunto tan grave.

Lo que el Apra quiere es que la bancada fujimorista defienda al Caco Mayor en el Congreso. Si para eso le piden que libere a Fujimori, pues lo hará. Con una ventaja colateral: con su capo en la calle, el fujimorismo tendrá el ánimo y la soberbia suficientes como para lanzarse, de inmediato, a la yugular del nuevo gobierno.

A lo largo de las siguientes horas después del triunfo, Gana Perú se convirtió en una filial de las boticas Arcán­gel. ¿Tiene usted temor? Pues ahí va su Rivotril. ¿Le inquietan las dudas de Mariella Balbi? Aquí están sus Xanax, dos al día. ¿Padece por el futu­ro de la exploración petrolera? Pues aquí tiene su Lexotán.

Proliferan entonces los masajes verbales, los mejunjes de la abuela, las agüitas de berro, el guarapo se­dante, el Tarot de la Chichi y el tecito de coca para el soroche de la tran­sición.

Yo creí que Humala había gana­do las elecciones. ¿Era un espejismo cuando vi a la señora Keiko Fujimo­ri felicitarlo? Y cuando la ONPE lo proclame oficialmente, ¿estaremos soñando?

Porque la imagen que da ofre­ciendo, contrito y casi avergonzado, tantas explicaciones y garantías de que aquí no ha pasado nada es la de un presidente electo secuestra­do por el poder económico y chan­tajeado brutalmente por el perio­dismo, que primero ayuda a crear el terror financiero y luego hace preguntas sobre el terror financie­ro. Y de tanto decir que no ha pa­sado nada, lo más probable es que no pase nada. Porque el lenguaje, como siempre, tiene cualidades proféticas.

Llegar al poder para incumplir promesas es una especialidad de Fujimori y Alan García. No vaya a ser que los intereses del gobierno de facto (minero-corporativo-estadounidense) vuelvan a convertir la esperanza de un cambio tranquilo y en paz en un nuevo episodio de decepción y rabia.

Humala se ha comprometido con nuevas reglas de juego. Nadie espera de él una revolución que nos lleve a la anarquía y a la respuesta fascista. Nadie espera de él una turbamulta como la que anhelaba Rospigliosi cuan­do matriculó su rabia en la ultraizquierda. Nadie quiere aquí a comunistas que jamás criticaron a Castro ni a Stalin y que se tragaron el sapo de las satrapías del Pacto de Varsovia. Pero, caramba, millones de peruanos —la mayoría— esperan que con Humala, por lo pronto, los miedos, los egoísmos y la avaricia sin límites de la dere­cha neanderthal del Perú no sigan imponiéndose como la agenda del futuro.

Que Humala deje de oír los susurros de los asustados. A lo que hay que temerle de verdad es a la posibilidad de mentirle a la gente que confió en él y que está segura de que este no será el gobierno de Graña Montero, El Comercio y míster Chlimper.

domingo, 22 de mayo de 2011

PAIS DE CONEJOS SUICIDAS por César Hildebrandt




Andy Riley es un múl­ti­ple artista bri­tá­nico que, entre otras muchas bellas cosas, ha creado unos per­tur­ba­do­res cone­ji­tos cuyo empeño mayor en la vida es morir. Esta mez­cla de inocen­cia cone­jil e incli­na­ción taná­tica me pro­duce un horror no exento de admi­ra­ción y, al mismo tiempo, el atrac­tivo hip­nó­tico y per­verso que sobre muchas per­so­nas ejer­cen los vacíos del abismo.

Los cone­ji­tos sui­ci­das de Riley me han hecho pen­sar, ade­más, en el Perú, que es un país que varias veces ha inten­tado matarse y que hoy está a punto de rein­ci­dir en tan inex­pli­ca­ble tarea.
Ese amor por la fata­li­dad es viejo en este viejo país.
Lo vimos cuando, desde aden­tro, mina­mos nues­tra con­fe­de­ra­ción con Boli­via. Estuvo pre­sente cuando deci­di­mos acom­pa­ñar a Boli­via, por honor, en una aven­tura bélica que sabía­mos que tenía­mos que per­der. Adqui­rió esplen­di­de­ces dege­ne­ra­das cuando el hijo del mayor trai­dor que estas tie­rras han parido —Mariano Igna­cio Prado— pudo ser, dos veces, pre­si­dente de la repú­blica. O, antes, cuando per­mi­ti­mos el saqueo del guano per­pe­trado por nues­tra oli­gar­quía y des­cui­da­mos el sur sali­trero por­que era más fácil cobrar impues­tos ridícu­los que extraer y pro­ce­sar esa riqueza. O cuando los Eche­ni­que y todos los que se le pare­cie­ron que­da­ron impu­nes. O cuando Drey­fus. O cuando suce­dió lo de los tre­nes inú­ti­les que enri­que­cie­ron a tanto sin­ver­güenza. O cuando depre­da­mos el mar hasta dejarlo exhausto. O cuando per­mi­ti­mos que todo se pusiera “en valor” y se ven­diera en nom­bre de un libe­ra­lismo que los libe­ra­les, cuando están en el poder, se encar­gan de no practicar.
O cuando le hici­mos la vida impo­si­ble a José Luis Bus­ta­mante y Rivero. O cuando sitia­mos al Apra hasta lograr que a Haya le pare­ciera bien comerse un cebi­che con Eudo­cio Ravi­nes. O cuando mata­mos a Heraud, exi­lia­mos a Rose, mal­tra­ta­mos a Basadre.
Y si quie­ren, más recien­te­mente: cuando per­mi­ti­mos que el país fuera un charco cha­po­teado por la pan­di­lla de Fuji­mori y la prensa fuera la puta con­ta­giante de la esquina mala.
Mata­mos al Perú y nos mata­mos con él cuando ele­gi­mos pre­si­dente por segunda vez a un hom­bre que había robado con denuedo durante cinco lar­gos años. Y nos mata­mos a lo Guyana, en man­cha, en ruma, cuando esta­mos a punto de reivin­di­car, para ver­güenza de nues­tros des­cen­dien­tes (espero), eso que Cotler ha lla­mado, como ento­mó­logo, “el lado más repul­sivo del Perú”.
¿Qué somos, qué es este país que ama­mos y detes­ta­mos a la vez? ¿Una tie­rra bal­día donde pre­va­le­cen los valo­res vio­len­tos de la horda? ¿O es que segui­mos siendo el país del oro y los escla­vos que decía Bolívar?
Un país no es un nom­bre ni una fron­tera y mucho menos una marca. Un país es una nación jun­tada por pro­pó­si­tos comu­nes y elevados.
No pode­mos unir­nos para ser menos, para degra­dar­nos, para per­der la dig­ni­dad. Para eso no hici­mos el Perú. Y, sin embargo, eso es lo que esta­mos haciendo, lo que podría­mos hacer, lo que la dere­cha anal­fa­beta desea que hagamos.
¿Y saben qué? Pocas veces he sen­tido ver­güenza de ser perio­dista. Ahora sí. Algún día alguien de los suyos les enros­trará tan­tas infa­mias. Espero vivir para verlo.