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martes, 18 de agosto de 2009

CLASES MAGISTRALES





Entrevista con el sociólogo Zygmunt Bauman
Un mundo nuevo y cruel
Héctor Pavón
Ñ Revista de Cultura
El sociólogo que sacudió a las ciencias sociales con su concepto de "modernidad líquida" advierte que hay un temible divorcio entre poder y política, socios hasta hoy inseparables en el estado-nación. En todo el mundo, dice, la población se divide en barrios cerrados, villas miseria y quienes luchan por ingresar o no caer en uno de esos guetos.
How to spend it.... Cómo gastarlo. Ese es el nombre de un suplemento del diario británico Financial Times. Ricos y poderosos lo leen para saber qué hacer con el dinero que les sobra. Constituyen una pequeña parte de un mundo distanciado por una frontera infranqueable. En ese suplemento alguien escribió que en un mundo en el que "cualquiera" se puede permitir un auto de lujo, aquellos que apuntan realmente alto "no tienen otra opción que ir a por uno mejor...". Esta cosmovisión le sirvió a Zygmunt Bauman para teorizar sobre cuestiones imprescindibles y así intentar comprender esta era.
La idea de felicidad, el mundo que está resurgiendo después de la crisis, seguridad versus libertad, son algunas de sus preocupaciones actuales y que explica en sus recientes libros: Múltiples culturas, una sola humanidad (Katz editores) y El arte de la vida (Paidós). "No es posible ser realmente libre si no se tiene seguridad, y la verdadera seguridad implica a su vez la libertad", sostiene desde Inglaterra por escrito.
Bauman nació en Polonia pero se fue expulsado por el antisemitismo en los 50 y recaló en los 60 en Gran Bretaña. Hoy es profesor emérito de la Universidad de Leeds. Estudió las estratificaciones sociales y las relacionó con el desarrollo del movimiento obrero. Después analizó y criticó la modernidad y dio un diagnóstico pesimista de la sociedad. Ya en los 90 teorizó acerca de un modo diferente de enfocar el debate cuestionador sobre la modernidad. Ya no se trata de modernidad versus posmodernidad sino del pasaje de una modernidad "sólida" hacia otra "líquida". Al mismo tiempo y hasta el presente se ocupó de la convivencia de los "diferentes", los "residuos humanos" de la globalización: emigrantes, refugiados, parias, pobres todos. Sobre este mundo cruel y desigual versó este diálogo con Bauman.
P. Uno de sus nuevos libros se llama Múltiples culturas, una sola humanidad . ¿Hay en este concepto una visión "optimista" del mundo de hoy?
R. Ni optimista ni pesimista... Es sólo una evaluación sobria del desafío que enfrentamos en el umbral del siglo XXI. Ahora todos estamos interconectados y somos interdependientes. Lo que pasa en un lugar del globo tiene impacto en todos los demás, pero esa condición que compartimos se traduce y se reprocesa en miles de lenguas, de estilos culturales, de depósitos de memoria. No es probable que nuestra interdependencia redunde en una uniformidad cultural. Es por eso que el desafío que enfrentamos es que estamos todos, por así decirlo, en el mismo barco; tenemos un destino común y nuestra supervivencia depende de si cooperamos o luchamos entre nosotros. De todos modos, a veces diferimos mucho en algunos aspectos vitales. Tenemos que desarrollar, aprender y practicar el arte de vivir con diferencias, el arte de cooperar sin que los cooperadores pierdan su identidad, a beneficiarnos unos de otros no a pesar de, sino gracias a nuestras diferencias.
P. Es paradójico, pero mientras se exalta el libre tránsito de mercancías, se fortalecen y construyen fronteras y muros. ¿Cómo se sobrevive a esta tensión?
R. Eso sólo parece ser una paradoja. En realidad, esa contradicción era algo esperable en un planeta donde las potencias que determinan nuestra vida, condiciones y perspectivas son globales, pueden ignorar las fronteras y las leyes del estado, mientras que la mayor parte de los instrumentos políticos sigue siendo local y de una completa inadecuación para las enormes tareas a abordar. Fortificar las viejas fronteras y trazar otras nuevas, tratar de separarnos a "nosotros" de "ellos", son reacciones naturales, si bien desesperadas, a esa discrepancia. Si esas reacciones son tan eficaces como vehementes es otra cuestión. Las soberanías locales territoriales van a seguir desgastándose en este mundo en rápida globalización.
P. Hay escenas comunes en Ciudad de México, San Pablo, Buenos Aires: de un lado villas miseria; del otro, barrios cerrados. Pobres de un lado, ricos del otro. ¿Quiénes quedan en el medio?
R. ¿Por qué se limita a las ciudades latinoamericanas? La misma tendencia prevalece en todos los continentes. Se trata de otro intento desesperado de separarse de la vida incierta, desigual, difícil y caótica de "afuera". Pero las vallas tienen dos lados. Dividen el espacio en un "adentro" y un "afuera", pero el "adentro" para la gente que vive de un lado del cerco es el "afuera" para los que están del otro lado. Cercarse en una "comunidad cerrada" no puede sino significar también excluir a todos los demás de los lugares dignos, agradables y seguros, y encerrarlos en sus barrios pobres. En las grandes ciudades, el espacio se divide en "comunidades cerradas" (guetos voluntarios) y "barrios miserables" (guetos involuntarios). El resto de la población lleva una incómoda existencia entre esos dos extremos, soñando con acceder a los guetos voluntarios y temiendo caer en los involuntarios.
P. ¿Por qué se cree que el mundo de hoy padece una inseguridad sin precedentes? ¿En otras eras se vivía con mayor seguridad?
R. Cada época y cada tipo de sociedad tiene sus propios problemas específicos y sus pesadillas, y crea sus propias estratagemas para manejar sus propios miedos y angustias. En nuestra época, la angustia aterradora y paralizante tiene sus raíces en la fluidez, la fragilidad y la inevitable incertidumbre de la posición y las perspectivas sociales. Por un lado, se proclama el libre acceso a todas las opciones imaginables (de ahí las depresiones y la autocondena: debo tener algún problema si no consigo lo que otros lograron ); por otro lado, todo lo que ya se ganó y se obtuvo es nuestro "hasta nuevo aviso" y podría retirársenos y negársenos en cualquier momento. La angustia resultante permanecería con nosotros mientras la "liquidez" siga siendo la característica de la sociedad. Nuestros abuelos lucharon con valentía por la libertad. Nosotros parecemos cada vez más preocupados por nuestra seguridad personal... Todo indica que estamos dispuestos a entregar parte de la libertad que tanto costó a cambio de mayor seguridad.
P. Esto nos llevaría a otra paradoja. ¿Cómo maneja la sociedad moderna la falta de seguridad que ella misma produce?
R. Por medio de todo tipo de estratagemas, en su mayor parte a través de sustitutos. Uno de los más habituales es el desplazamiento/trasplante del terror a la globalización inaccesible, caótica, descontrolada e impredecible a sus productos: inmigrantes, refugiados, personas que piden asilo. Otro instrumento es el que proporcionan las llamadas "comunidades cerradas" fortificadas contra extraños, merodeadores y mendigos, si bien son incapaces de detener o desviar las fuerzas que son responsables del debilitamiento de nuestra autoestima y actitud social, que amenazan con destruir. En líneas más generales: las estratagemas más extendidas se reducen a la sustitución de preocupaciones sobre la seguridad del cuerpo y la propiedad por preocupaciones sobre la seguridad individual y colectiva sustentada o negada en términos sociales.
P. ¿Hay futuro? ¿Se puede pensarlo? ¿Existe en el imaginario de los jóvenes?
R. El filósofo británico John Gray destacó que "los gobiernos de los estados soberanos no saben de antemano cómo van a reaccionar los mercados (...) Los gobiernos nacionales en la década de 1990 vuelan a ciegas." Gray no estima que el futuro suponga una situación muy diferente. Al igual que en el pasado, podemos esperar "una sucesión de contingencias, catástrofes y pasos ocasionales por la paz y la civilización", todos ellos, permítame agregar, inesperados, imprevisibles y por lo general con víctimas y beneficiarios sin conciencia ni preparación. Hay muchos indicios de que, a diferencia de sus padres y abuelos, los jóvenes tienden a abandonar la concepción "cíclica" y "lineal" del tiempo y a volver a un modelo "puntillista": el tiempo se pulveriza en una serie desordenada de "momentos", cada uno de los cuales se vive solo, tiene un valor que puede desvanecerse con la llegada del momento siguiente y tiene poca relación con el pasado y con el futuro. Como la fluidez endémica de las condiciones tiene la mala costumbre de cambiar sin previo aviso, la atención tiende a concentrarse en aprovechar al máximo el momento actual en lugar de preocuparse por sus posibles consecuencias a largo plazo. Cada punto del tiempo, por más efímero que sea, puede resultar otro "big bang", pero no hay forma de saber qué punto con anticipación, de modo que, por las dudas, hay que explorar cada uno a fondo.
P. Es una época en la que los miedos tienen un papel destacado. ¿Cuáles son los principales temores que trae este presente?
R. Creo que las características más destacadas de los miedos contemporáneos son su naturaleza diseminada, la subdefinición y la subdeterminación, características que tienden a aparecer en los períodos de lo que puede llamarse un "interregno". Antonio Gramsci escribió en Cuadernos de la cárcel lo siguiente: "La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: en este interregno aparece una gran variedad de síntomas mórbidos". Gramsci dio al término "interregno" un significado que abarcó un espectro más amplio del orden social, político y legal, al tiempo que profundizaba en la situación sociocultural; o más bien, tomando la memorable definición de Lenin de la "situación revolucionaria" como la situación en la que los gobernantes ya no pueden gobernar mientras que los gobernados ya no quieren ser gobernados, separó la idea de "interregno" de su habitual asociación con el interludio de la trasmisión (acostumbrada) del poder hereditario o elegido, y lo asoció a las situaciones extraordinarias en las que el marco legal existente del orden social pierde fuerza y ya no puede mantenerse, mientras que un marco nuevo, a la medida de las nuevas condiciones que hicieron inútil el marco anterior, está aún en una etapa de creación, no se lo terminó de estructurar o no tiene la fuerza suficiente para que se lo instale. Propongo reconocer la situación planetaria actual como un caso de interregno. De hecho, tal como postuló Gramsci, "lo viejo está muriendo". El viejo orden que hasta hace poco se basaba en un principio igualmente "trinitario" de territorio, estado y nación como clave de la distribución planetaria de soberanía, y en un poder que parecía vinculado para siempre a la política del estado-nación territorial como su único agente operativo, ahora está muriendo. La soberanía ya no está ligada a los elementos de las entidades y el principio trinitario; como máximo está vinculada a los mismos pero de forma laxa y en proporciones mucho más reducidas en dimensiones y contenidos. La presunta unión indisoluble de poder y política, por otro lado, está terminando con perspectivas de divorcio. La soberanía está sin ancla y en flotación libre. Los estados-nación se encuentran en situación de compartir la compañía conflictiva de aspirantes a, o presuntos sujetos soberanos siempre en pugna y competencia, con entidades que evaden con éxito la aplicación del hasta entonces principio trinitario obligatorio de asignación, y con demasiada frecuencia ignorando de manera explícita o socavando de forma furtiva sus objetos designados. Un número cada vez mayor de competidores por la soberanía ya excede, si no de forma individual sin duda de forma colectiva, el poder de un estado-nación medio (las compañías comerciales, industriales y financieras multinacionales ya constituyen, según Gray, "alrededor de la tercera parte de la producción mundial y los dos tercios del comercio mundial").
P. La "modernidad líquida", como un tiempo donde las relaciones sociales, económicas, discurren como un fluido que no puede conservar la forma adquirida en cada momento, ¿tiene fin?
R. Es difícil contestar esa pregunta, no sólo porque el futuro es impredecible, sino debido al "interregno" que mencioné antes, un lapso en el que virtualmente todo puede pasar pero nada puede hacerse con plena seguridad y certeza de éxito. En nuestros tiempos, la gran pregunta no es "¿qué hace falta hacer?", sino "¿quién puede hacerlo?" En la actualidad hay una creciente separación, que se acerca de forma alarmante al divorcio, entre poder y política, los dos socios aparentemente inseparables que durante los dos últimos siglos residieron -o creyeron y exigieron residir- en el estado nación territorial. Esa separación ya derivó en el desajuste entre las instituciones del poder y las de la política. El poder desapareció del nivel del estado nación y se instaló en el "espacio de flujos" libre de política, dejando a la política oculta como antes en la morada que se compartía y que ahora descendió al "espacio de lugares". El creciente volumen de poder que importa ya se hizo global. La política, sin embargo, siguió siendo tan local como antes. Por lo tanto, los poderes más relevantes permanecen fuera del alcance de las instituciones políticas existentes, mientras que el marco de maniobra de la política interna sigue reduciéndose. La situación planetaria enfrenta ahora el desafío de asambleas ad hoc de poderes discordantes que el control político no limita debido a que las instituciones políticas existentes tienen cada vez menos poder. Estas se ven, por lo tanto, obligadas a limitar de forma drástica sus ambiciones y a "transferir" o "tercerizar" la creciente cantidad de funciones que tradicionalmente se confiaba a los gobiernos nacionales a organizaciones no políticas. La reducción de la esfera política se autoalimenta, así como la pérdida de relevancia de los sucesivos segmentos de la política nacional redunda en el desgaste del interés de los ciudadanos por la política institucionalizada y en la extendida tendencia a reemplazarla con una política de "flotación libre", notable por su carácter expeditivo, pero también por su cortoplacismo, reducción a un único tema, fragilidad y resistencia a la institucionalización.
P. ¿Cree que esta crisis global que estamos padeciendo puede generar un nuevo mundo, o al menos un poco diferente?
R. Hasta ahora, la reacción a la "crisis del crédito", si bien impresionante y hasta revolucionaria, es "más de lo mismo", con la vana esperanza de que las posibilidades vigorizadoras de ganancia y consumo de esa etapa no estén aún del todo agotadas: un esfuerzo por recapitalizar a quienes prestan dinero y por hacer que sus deudores vuelvan a ser confiables para el crédito, de modo tal que el negocio de prestar y de tomar crédito, de seguir endeudándose, puedan volver a lo "habitual". El estado benefactor para los ricos volvió a los salones de exposición, para lo cual se lo sacó de las dependencias de servicio a las que se había relegado temporalmente sus oficinas para evitar comparaciones envidiosas.
P. Pero hay individuos que padecen las consecuencias de esta crisis de los que poco se habla. Los protagonistas visibles son los bancos, las empresas...
R. Lo que se olvida alegremente (y de forma estúpida) en esa ocasión es que la naturaleza del sufrimiento humano está determinada por la forma en que las personas viven. El dolor que en la actualidad se lamenta, al igual que todo mal social, tiene profundas raíces en la forma de vida que aprendimos, en nuestro hábito de buscar crédito para el consumo. Vivir del crédito es algo adictivo, más que casi o todas las drogas, y sin duda más adictivo que otros tranquilizantes que se ofrecen, y décadas de generoso suministro de una droga no pueden sino derivar en shock y conmoción cuando la provisión se detiene o disminuye. Ahora nos proponen la salida aparentemente fácil del shock que padecen tanto los drogadictos como los vendedores de drogas: la reanudación del suministro de drogas. Hasta ahora no hay muchos indicios de que nos estemos acercando a las raíces del problema. En el momento en que se lo detuvo ya al borde del precipicio mediante la inyección de "dinero de los contribuyentes", el banco TSB Lloyds empezó a presionar al Tesoro para que destinara parte del paquete de ahorro a los dividendos de los accionistas. A pesar de la indignación oficial, el banco procedió impasible a pagar bonificaciones cuyo monto obsceno llevó al desastre a los bancos y sus clientes. Por más impresionantes que sean las medidas que los gobiernos ya tomaron, planificaron o anunciaron, todas apuntan a "recapitalizar" los bancos y permitirles volver a la "actividad normal": en otras palabras, a la actividad que fue la principal responsable de la crisis actual. Si los deudores no pudieron pagar los intereses de la orgía de consumo que el banco inspiró y alentó, tal vez se los pueda inducir/obligar a hacerlo por medio de impuestos pagados al estado. Todavía no empezamos a pensar con seriedad en la sustentabilidad de nuestra sociedad de consumo y crédito. La "vuelta a la normalidad" anuncia una vuelta a las vías malas y siempre peligrosas. De todo modos todavía no llegamos al punto en que no hay vuelta atrás; aún hay tiempo (poco) de reflexionar y cambiar de camino; todavía podemos convertir el shock y la conmoción en algo beneficioso para nosotros y para nuestros hijos.
Fuente: Revista Ñ / IADE, traduccion Joaquin Ibarburu.
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sábado, 17 de enero de 2009

CLASES MAGISTRALES



La muerte del Mundo
Erik Del Bufalo

Parece una paradoja, pero los argumentos oficiales de Israel para aniquilar a los habitantes de Gaza justifican de retruque la existencia del Gueto de Varsovia. Alguien en la Knéset debería darse cuenta de esta verdad auto evidente ¿Los nazis, acaso, no se defendían “preventivamente” del peligro que “representaba” la resistencia judía? ¿Puedo yo caerle a patadas a un parapléjico postrado en su silla de ruedas, so pretexto de que éste “haría lo mismo” si no fuese parapléjico? Estas son las aberraciones lógicas y éticas que la propaganda sionista nos obliga a pensar. Ya sólo por estas “explicaciones”, la situación palestina es insoportable e indigna para cualquier tipo de inteligencia. Cada vez que el Estado de Israel “explica” sus “razones” el mundo entero es insultado en lo que le queda de su facultad de pensar.
Pero como si esto fuera poco, en medio de esta inacción mundial ante lo obvio, aparece por todas partes el murmullo de una extraña pregunta: “¿Cómo puede ser tan inicua la víctima perpetua?” El cálculo del mal es imposible, pero el sionismo hace tiempo que lo resolvió con un ingenioso silogismo: “Nosotros fuimos la víctimas del mal absoluto (el Holocausto), por más daño que infrinjamos a un pueblo inocente nunca será tan horrible como lo que sufrimos nosotros; luego, tenemos el legítimo derecho de arrasar con los palestinos (la Nakba).” Según estas cuentas, dignas de un personaje shakespeariano como Shylock, el mundo entero no puede reclamarle la “módica” cuenta de la Nakba a Israel ya que le adeuda la cuenta infinita del Holocausto.
De allí la culpa impagable. O, más bien, una doble culpa que no se puede expiar y que impide tomar una decisión justa. La triste moral del liberalismo romántico de nuestros tiempos es que todo se hace para que nada digno pueda crearse. Tampoco una carreta se mueve si es tirada por dos caballos que miran en sentido contrario: “me siento culpable por los judíos como me siento culpable por los palestinos, por ello no puedo hacer nada, sino un llamado a las partes en conflicto”, concluye el atribulado espíritu “comprometido” de la supuesta comunidad internacional. No se entiende otra explicación, pues, como observa Jean Bricmont en un excelente artículo, no existe ninguna razón táctica ni estratégica de este orden mundial capitalista que deba ceder por fines geopolíticos o económicos al atroz castigo de Israel a la población civil de Gaza.[1] De hecho, al capitalismo mundial le conviene más venderle hamburguesas a los niños palestinos que dejar al sionismo hacer de ellos carne molida.
Entonces, ¿qué chocante secreto encubre esta inacción del mundo ante el dolor de Gaza? ¿Por qué todas las cadenas trasnacionales de la información nos muestran este horror con tanto entusiasmo? ¿Qué se nos está queriendo vender? Para no darle la razón a todos aquellos paranoicos que defiende la autenticidad de los Protocolos de los Sabios de Sión, los gobernantes de Israel nos obligan a tratar de explicar por ellos lo inexplicable.
Postrados, vemos el bombardeo inclemente del mayor campo de exterminio del planeta. Mientras debemos escuchar al cinismo, ya fuera de sus goznes, perorar incansable sobre el “derecho a la autodefensa” y la “lucha contra el terrorismo”. Estos argumentos son irrefutables. Son los dogmas de fe de un tiempo cuya única certeza es la estupidez. Nada tan imbécilmente argumentado tiene una respuesta lógica. Por ello no perderemos el tiempo con el “debatismo”, tan inútil como maldito, de las maneras “políticamente correctas” de esta época oscura. La masacre de Gaza, la matanza de niños y mujeres, el castigo inclemente a las escuelas, hospitales y hasta los centros de refugiados amparados por la cómplice ONU, sobrepasa cualquier ámbito moral del discurso. Israel ha caído fuera de toda esfera moral y hablar de lo que este Estado – supuesto obsequio de la humanidad al pueblo judío– realiza impunemente implica también el uso de un entendimiento que sobrepase todo chantaje moralista.
Se nos quiere vender el horror. Así se compra luego a buen precio la pasividad del orbe. Es un juego especulativo más fraudulento que los negocios de Madoff. Asistimos al negocio sucio entre dos clases de infames. Por un lado la matanza en Gaza y por otro el desfile de muertos vivientes, zombis inanes, esperpentos cretinos, autómatas movidos por una mano invisible en que se han convertido los lideres políticos y la gran prensa del mundo “desarrollado”. El estado actual del discurso mediático y político supone un nivel de embrutecimiento y languidez que presagian a corto plazo el advenimiento del más horrible de los despotismos que haya hasta ahora conocido la humanidad: El reino de la impotencia total.
Lo que demuestra Gaza, después de Iraq, es esencialmente que las democracias capitalistas han llegado a la apoteosis de su proyecto secular: asimilar la libertad humana a la impotencia liberal. Mientras sólo cinco o seis malparidos disfrutan de un poder de decisión que ni faraón ni rey persa ni soberano absolutista alguno se imaginó capaz de tener para sí.
Erst Jünger decía que al hombre había que dejarle siempre una salida. El marasmo asesino se ha consolidado en un orden mundial absolutamente asfixiante y sin salidas. Todo se ha vuelto mentira, inacción, retórica maldiciente y burocracia. La política ha muerto en occidente y sólo queda la administración de los restos de una civilización que ha perdido todo sentido vital de justicia. La crueldad llegó a su nivel máximo de abstracción y la mortificación humana ha encontrado en este siglo que comienza zonas seguras, bien administradas, de aniquilamiento. En Gaza, la destrucción de los cuerpos; en el resto del mundo, la pérdida del alma: Una y otra muerte son complementarias, una se hace en favor de la otra. Por ello, a diferencia de los nazis, las barbaridades que cometen hoy los sionistas no son secretas, pero se difunden por todos los medios posibles. Los nazis mataban en cámaras oscuras, casi clandestinas, esperando que su imagen de hombre superior no fuera manchada por la ignominia. Los sionistas matan a propósito ante las cámaras de televisión, para que todos veamos y nos sintamos inferiores. ¡Hasta se ufanan de ello y proponen en público lanzar bombas atómicas!
Estamos en presencia del más funesto de los terrores: el miedo proyectado siempre en el rostro del otro, el peligro sin causas aparentes, la amenaza que nunca termina de cruzar la puerta de nuestras casas. Vivimos tranquilos esperando no toparnos con la imagen del horror sobre el semblante del prójimo. Lahcen Ikassrien, ex prisionero de Guantánamo, confesaba que la peor de las torturas que sufrió fue presenciar el suplicio de algún compañero, aguardando con impotencia su eventual tortura; la cual a veces no llegaba porque ya no hacía falta.[2] Este es el nuevo imperativo del poder: “Anonado a tu amigo ante ti para que tú te paralices de terror, y te sometas a mi máquina infame de dominación, sin necesidad de que pierdas la salud.” A los palestinos los torturan para someter al resto del mundo. Ese y no otro es el Summun del terrorismo. Este es el nuevo despotismo nihilista que emerge en el horizonte de la nueva era. Ante esto, el fascismo histórico queda, como lo afirmaba Deleuze, como un simple hecho del folklore europeo. El orden actual de las cosas prefiere la muerte del mundo antes que su propia muerte. Y esa muerte nos atormentará por mucho tiempo antes de que le toque a cualquiera de nosotros. Es la cercanía del cadáver descuartizado de un niño que vive lejos.
Un nuevo orden de gobierno ha comenzado a develarse. Es un orden que se revela implacable si prendes un cigarrillo en un aeropuerto, mas aplaude la acción impúdica de todos los genocidas de la democracia liberal. El proyecto para matarnos a todos está en marcha. Pero no moriremos de una manera cualquiera. Se trata de una forma de muerte muy específica en la cual no necesariamente perderemos la “salud”: la muerte de la voluntad, la muerte en vida, la muerte de la dignidad humana, mientras, saludables, presenciamos impotentes el triste devenir de las cosas en un televisor y tomamos el asqueroso café de Starbucks, después de hacer nuestras compras de rebajas, en sitios “libre de humo”.
Adorno esperaba que después del 45 la poesía muriera para siempre. Pero los palestinos aún hacen sus poemas. Por eso quizá también destrozan sus cuerpos, pues ellos, a diferencia de gran parte del mundo, no conocen la muerte moral. La verdadera muerte es permanecer impasible ante el espectáculo de ver sufrir al otro sólo porque existe. Quizá el camino hacia esta muerte ha cruzado un umbral irreversible, o quizá aún podemos liberarnos de un temor sin límites y de la esclavitud perpetua. Quizá todavía quede un punto de hombre en todos nosotros. Quizá si exista el juicio final. Quizá hay otro mundo posible después de este mundo enfermo y caduco. Quizá las campanas del Apocalipsis sean de fósforo blanco.
Notas
[1] Jean Bricmont, Trois idées simples pour mettre fin au soutien politique aux crimes israéliens en http://www.voltairenet.org/article158980.html
[2] http://www.kaosenlared.net/noticia/video-testimonio-lahcen-ikassrien-ex-preso-guantanamo
ESTE ARTICULO ES IMPERDIBLE
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jueves, 31 de julio de 2008

CLASES MAGISTRALES: MENTIRAS Y MEDIOS






Jodidos pobrecitos que joden
Ramón Reig
A fin de cuentas, ¿no son dignos de lástima? Ahí están los jodidos pobrecitos, con su crisis, jodiendo a todos, pero teniendo que poner al mal tiempo buena cara, sus políticos con la obligación de decir: “Bueno, no es para tanto, saldremos de ésta, muchachos, la economía y la democracia seguirán adelante”. Pero democracia no hay, su sistema se basa en lo contrario, en la plutocracia, más esos payasos de las bofetadas que son la mayoría de los políticos, más esos cerebros lacayos que son sus periodistas de elite y sus analistas. No hay democracia alguna, sólo una masa de gente desmasificada, cuarteada, dividida en submasas, que compra y vota (aunque ya muchos ni votan porque pueden sufrir alienación pero no son idiotas).
Ahora lo estamos viendo. Los pobrecitos jodidos se encuentran acojonados porque no se consume y hay que cerrar o congelar negocios. Podemos comprobar que estamos asentados sobre un sistema en el que basta que no consumamos en absoluto durante unos meses para que todo se venga abajo y nosotros con todo porque estamos metidos en la mierda hasta las cejas. No se trata de dejar de consumir productos básicos sino otros muchos que si no están en nuestra vida no pasa nada. Si en un movimiento ciudadano con personalidad propia todos los que tenemos hipotecas pendientes –abusivas, se mire por donde se mire- nos fuéramos a vivir con alguien que nos cobijara en su casa, ya libre de cargas, nos declaráramos insolventes y les dijéramos a los bancos ahí se quedan ustedes con sus hipotecas y sus casas, ¿qué pasaría? Tal vez una catástrofe pero entonces sí que actuaríamos con poder (claro que nos dirían que con estupidez también, estar en la masa implica que quien no sigue la corriente es un estúpido). A pesar de todo, ya hay quien lo ha hecho.
Las rebajas llegan hasta el 50 y el 70 por ciento de descuento y aún así ganan dinero sus promotores. ¿Cuánto margen comercial –plusvalía se llamaba antes- nos clavan durante todo el año si son capaces de hacer esto cuando se ven con el agua al cuello? ¿Cuánto reciben el chinito o el niño indonesio o la mujer del tercer mundo que elaboran productos si venden utensilios a menos de un euro en algunos lugares? Malditos adefesios y putrefactos, como diría Buñuel, ahora que tanto se habla de su persona porque ésta es la cultura del aniversario: no se es noticia si no se cumplen veinticinco años de muerto, doscientos desde que fusilaron a alguien o quinientos desde la primera vez que un genio se arrascó un testículo. Tales efemérides sirven para que funcione el merchandising pero la cultura no está presente a diario en el quehacer de la gente, el sistema que vivimos está sustentado en la ambición, el lucro y la humillación y pisoteo de la dignidad ajena, en la conversión de la creación en mercancía. Y en un lavado de cerebro continuo a través de la publicidad a la que se presenta como arte. Todos los años las televisiones incumplen la ley de publicidad saturándonos más de la cuenta. No pasa nada, una multita y a otra cosa. Los códigos de protección del menor se vulneran también. No pasa nada.
Los pobrecitos jodidos que nos joden son dignos de lástima, niños que tienen el juguete estropeado pero que, en efecto, ante la indiferencia, el despiste y la resignación de todos, saldrán adelante, hasta la próxima. Con su publicidad parece que piden limosna. “Por favor, consuma, que nos estamos hundiendo y si nosotros nos hundimos nos hundimos todos, ustedes también, idiotas”. Ni ellos saben lo que ha pasado aunque lo sepan. Nos envían el mensaje de que ha sido por culpa de los especuladores, de los países emergentes, de los combustibles alternativos… Al final, la saturación por hipermensajes se convierte en censura porque no llegamos a enterarnos de nada -ya lo dijo hace años Umberto Eco- y esa es la finalidad de la censura. Pues a los especuladores se les localiza y se les juzga, todo el mundo tiene derecho a emerger y no siempre los mismos (para quienes en realidad no hay crisis, la crisis es para los pobres, sobre todo, si tengo 100 y me quedan 99 no pasa nada pero si tengo uno o nada y “me queda”, por decir algo, menos cien, sí que pasa); no tienen derecho a subir los precios los que los suben, eso es revertir la crisis en quien no la ha creado, es como esos cajeros automáticos que te dicen: “Pulse la tecla roja para cancelar”. Y la pulsamos y entonces aparece en la pantalla: “Operación cancelada a petición suya”. ¡Manda huevos! ¿Tenía otra opción? El sistema de mercado es pirómano y bombero: enciende el fuego y luego va a apagarlo. Sus protagonistas son como niños pero los niños son seres crueles si no se les educa, no lo olvidemos. Los impulsores del mercado promueven un sistema de vida asentado en la sorpresa adolescente continua, en la tensión continua, pero no una tensión creadora, espiritual, no, sino una tensión compulsiva de manejo de cacharros, engullimiento de mensajes banales y absorción de objetos en una dinámica donde tener es ser.
Voy a expresarme ahora como los viejos (aún más todavía). Hubo un tiempo en que se cuestionó todo desde la base, lo hicieron Marx y Freud, por ejemplo, y la Escuela de Frankfurt trató de sintetizarlos a los dos y mucha gente se basó en ellos durante buena parte del siglo XX. Marx y Freud dijeron: a grandes males, grandes remedios. Ahora, hacer lo mismo es trasnochado y eso que la metodología marxista y freudiana la usan estos jodidos pobrecitos en sus análisis de mercado y en sus técnicas de manipulación de la gente. Pero el Poder se distingue del resto de los mortales en que posee armas que les niega a los demás y los demás caen en la trampa. Ya se lo dijeron al Poder Maquiavelo, Locke o Walter Lipmann: el Poder debe pensar, la gente debe sentir. Esas armas incluyen el discurso hegemónico y aquí aparece el ejemplo de la represión de la locutora y periodista de la SER Gemma Nierga contra el profesor Carlos Fernández Liria.
Nierga invita el 25 de julio de 2008 al programa La Ventana al citado profesor “para hablar de Venezuela” y lo enfrenta al antichavista William Cárdenas para lograr “gancho” y “sangre”. Fernández Liria acusa de cómplices del golpe contra Chávez a Cárdenas y al grupo Prisa (dueño de la SER ). La presentadora se siente mancillada porque han atacado a su empresa y manda a paseo a un señor al que han molestado para que le haga parte del programa, un programa del que vive ella, no él. La locutora, tal vez sin querer, se coloca al lado de Cárdenas y entonces ya tenemos un espejo de la realidad para el que quiera verlo: la socialdemocracia oficial, representada por el grupo Prisa, prefiere a Cárdenas antes que a Fernández Liria a quien dan una patada y lo tiran por esa ventana a la que lo han invitado. Y al tirarlo a él nos tiran a todos porque nos niegan la libertad de expresión. Téngase en cuenta que los medios (en especial los de Prisa) parten de la base de que te hacen un favor molestándote para llevarte a sus espacios con el fin de utilizarte como el “rojo” de turno con el que pretenden autojustificarse como plurales, tal y como indicó hace bastantes años el profesor Enric Saperas al estudiar estos asuntos.
No mandan a paseo a Cárdenas que nos llama “basura intelectual” y, por supuesto, trasnochados que no estamos al tanto de la situación ni de la verdad, tiran al profesor que utiliza datos. “¿No sabe usted para quién trabaja?”, le pregunta Fernández Liria a la periodista. “¿No leyó usted los editoriales de El País tras el golpe contra Chávez?”, vuelve a preguntar. Claro que sabe para quién trabaja, claro que leyó los editoriales la locutora aunque tire balones fuera (“no voy a debatir con usted, soy periodista y las preguntas las hago yo”, qué valiente cuando no está ante sus señores) pero esta mujer ya no es exactamente una periodista, como ella dice, sino que entra en el campo de la vedetización audiovisual, como apuntó, años ha, el profesor Mariano Cebriám Herreros; es una vedette de la comunicación audiovisual, ya no se pertenece, pertenece a un señor feudal que la protege y la mima llamado Prisa, ¿cómo va a permitir un supuesto ataque contra su señor? Y eso que no hay ataque, lo que el profesor Fernández Liria pretendía era tratar el tema en su contexto más amplio, eso es lo que se hace en un buen análisis académico. La presentadora afirmó algo así como: “Es evidente que usted no quiere hablar de Venezuela”. Sí quiere hablar de Venezuela, señora locutora de la ser, pero no como usted le diga, dentro del discurso dominante al que sigue fielmente, sino como él desea hacerlo. Ya sabe, póngalo en esa lista negra invisible que tienen. Siempre le indico a mis alumnos que en un aula universitaria (pública) se es libre, mucho más que en un medio de comunicación. Por eso tal vez se desee eliminar poco a poco de las aulas las metodologías de trabajo más rigurosas, para que cuando se dé una crisis como la actual nadie diga nada de nada. Ya se está logrando pero esto no es más que el comienzo.
La moderadora de "La Ventana" se cree en la obligación de defender a su empresa cuando imagina (sólo eso) que la atacan. Pero que tenga cuidado porque, como sabrá, hace poco, en México, a la periodista Carmen Aristgegui, su empresa, en unión con Televisa, la tiró al cubo de los detritus por no seguir las directrices patronales a pesar de cosechar altas cuotas de audiencia. No escuché a Nierga ni a Gabilondo ni a otros periodistas de elite levantar la voz, se la levantan a Fernández Liria pero si Fernández Liria fuera accionista de la SER agacharían la cabeza para seguir escalando peldaños; ahora bien, esta gente sube tan alto que se da un topetazo enorme como se salgan del guión sin quererlo.
La empleada de la SER me recordó a dos colegas universitarios que me acompañaron en 2003 cuando visité Caracas por iniciativa oficial, como miembro entonces de la Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS). Después de que el máximo responsable de los movimientos bolivarianos nos explicara a todos la terrible situación de la juventud venezolana a causa de regímenes corruptos, dos de mis acompañantes, españoles, cercanos al PSOE, comenzaron a decir que aquello de los movimientos bolivarianos ya les olía a comités de defensa cubanos. Lo decían cuando estábamos rodeados de soldados, porque nos hallábamos en plena huelga general de los empresarios contra el gobierno, cuando nos habían querido poner guardaespaldas y cuando militares disidentes y medios de comunicación (con los que simpatiza Prisa) arengaban a la gente a la desobediencia civil y al golpismo. Empecé a discutir con ellos, a decirles que a mí también me gusta que el mundo sea limpio y hermoso pero que no lo es. Acabaron por llamarme estalinista, como pasa siempre con este personal, pero pincharon en hueso en mi caso ya que he ahí una circunstancia histórica que deberíamos asimilar.
A Stalin hay que asumirlo como la Iglesia ha asumido la Inquisición. Se pide perdón y se aprende de la experiencia y ya está, no vamos a pasarnos toda la vida dándonos golpes de pecho, nadie ha provocado en la historia tantos muertos y damnificados como el sistema de mercado (con la connivencia de la socialdemocracia) o la misma Iglesia, de forma directa o indirecta, y ahí están, presentándose como paladines del progreso, el progresismo, la democracia y la espiritualidad. Si estamos dentro de ese pensamiento débil en el que pretendemos agarrárnosla con papel de fumar estamos perdidos. Yo dejé el CEPS por culpa de estos tipos que critican a Chávez y luego le pasan el plato para que les pague. Si apuestas por alguien le dices las cosas a él en privado, eres leal, pero no quieras nadar y guardar la ropa. No estamos jugando al debate eterno de la izquierda, esto es la realidad, el enfrentamiento con el Imperio y el mercado, no charlas de café o congresos académicos donde abundan las pajas mentales, apoyadas y bendecidas por el dinero del propio mercado. Somos el “eje del mal” y para ser respetados hemos de respetarnos a nosotros mismos y creer en nosotros mismos.
Una nueva crisis nos muestra a unos jodidos pobrecitos que, sin embargo, joden y tienen todos los resortes para salir de ella. Y saldrán. La izquierda sigue con sus eternos debates y sus alternativas etéreas (“es preciso…”, “parece conveniente…”, “apostamos por…”), o sea, lo de siempre. Yo no estoy ya para tontadas, comprendo que tal vez me esté haciendo viejo. Si es así, me dejan ustedes con mi diversión y mi amargura, observando a estos jodidos niños de la crisis que nos joden, a los pirómanos y a la vez bomberos; me dejan ustedes en el convencimiento de que, a pesar de todo, a estas alturas, ya no son ellos, en última instancia, los verdaderos culpables de lo que pasa sino nosotros por seguir en un eterno nirvana y permitirlo, por estar en el fondo dentro de su misma podredumbre; ellos hacen lo que deben: dominar para un fin, sin importar los medios; me dejan ustedes tranquilo, como a los locos, tiran este artículo a la basura y permiten que una mercenaria de Prisa le cierre la boca a un profesor de universidad y lo arroje por una ventana que no es suya sino de todos. Poco a poco nos la cerrarán a todos y nos despeñarán por un abismo de olvido. Eso sí, lo harán con clase, con glamour y con merchandising, en un acto que venderán como democracia plena.
(Nota del editor: Según nos hacen constar varios lectores, la conductora del programa de ese día de La Ventana no era Gemma Nierga sino su sustituta Ana Guantes.)

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