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lunes, 20 de junio de 2011

LA VENGANZA DE LOS NERDS




Los listos de la clase


Todavía se insiste en hacerle creer al llamado tercer mundo que su fatídica y postrada condición, vinculada a los genes o a divinos designios, que no al destino que le han impuesto los dueños del Mercado, es la inevitable causa de que atraiga, amén de esa desgracia, toda suerte de desastres.Y en su infortunio, reitera el primer mundo, quienes fueran continentes y hoy son contenedores, ni siquiera son capaces de administrar sus accidentes. Ninguna otra expresión como la de “tercermundista” para mejor retratar una gestión torpe, contraproducente y tardía. O sea, nefasta.
Curiosamente, en el último año, para no ir más lejos, los accidentes que han ocupado las portadas de todos los medios, y les doy el beneficio de llamarlos accidentes, han tenido como protagonistas a los listos de la clase.
En abril del 2010 explotaba y se hundía una plataforma petrolera en el Golfo de México propiedad de la compañía Transocean y que trabajaba en concesión la British Petroleum, con licencia del gobierno estadounidense. Sólo la incompetencia que la administración de ese gobierno exhibiera en relación al huracán Katrina, antes y después de la tragedia, podría competir en desafueros y falsedades con la catástrofe ocurrida en el Caribe. Acusaciones entre la compañía propietaria y la multinacional inglesa, engaños, desmentidos, informes desaparecidos, dimisiones… Obama, comprensivo y cauto al principio, acabó por irritarse ante la ineptitud demostrada por los tantos expertos y sus geniales ideas en su afán de interrumpir el vertido. El presidente estadounidense, que había autorizado la explotación de hidrocarburos en base a plataformas petroleras en el mar, hasta dejó en suspenso por unos días la medida. Detrás habían quedado playas arruinadas, aguas contaminadas, flora y fauna perdidas, y unos cuantos muertos que no fueron noticia. No eran demasiados.
Los protagonistas: los listos de la clase.
Fukushima todavía se hace sitio en los medios para seguir desmintiendo, sea con cuentagotas, todas las mentiras vertidas, casi tanta como el agua contaminada que han arrojado al mar. El ministro japonés Takeaki Matsumoto pretendió tranquilizar a la opinión pública sobre el vertido de miles de toneladas de agua radiactiva, dado que “los niveles de radiación no ofrecen riesgos a la salud humana”. Y por si acaso sus declaraciones todavía generasen suspicacias, hasta puntualizó que “el vertido de agua contaminada al mar no viola ninguna ley internacional”, horas antes de que su gobierno pidiera “disculpas” a países vecinos por esas miles de toneladas vertidas que ni vulneraban leyes ni afectaban a la salud. Nadie sabe todavía porqué se pedían disculpas, y si eran sólo disculpas lo que cabría esperar luego de que trascendiera, además de las excusas, que la contaminación en el océano sobrepasaba en 7,5 millones de veces los límites legales. Hasta las ballenas van a seguir prefiriendo que las arponeen.
Como ocurriera con el desastre del Golfo de México, también en Japón se dieron cita los más sesudos expertos, por ende japoneses, para superar en su incompetente y mendaz gestión el caso del derrame de petróleo en el Caribe. Se llega, incluso a tener que corregir desde París la magnitud de la alarma que mentía Japón.
Reproches, excusas, incoherencias, datos que se borran, antecedentes que se ocultan, y una interminable sucesión de propuestas que en cuestión de horas se aprueban y suspenden, mientras sigue ampliándose el diámetro de la desgracia y multiplicándose el número de desalojados y muertos.
Meses atrás, en Alemania, estallaba el escándalo de los huevos con dioxinas. Fue visto y no visto. La noticia, como si se tratara de un número circense de prestidigitación, se asomó a alguno de los grandes medios de comunicación y, con la misma discreción con que se nos presentara, desapareció al día siguiente de puntillas, sin hacer ruido, no fuera a provocar otro estado de alarma. Detrás quedaron millones de huevos con dioxinas en mercados europeos, decenas de miles de toneladas de piensos contaminados, casi cinco mil granjas avícolas y porcinas cerradas en Alemania, alrededor de 25 fábricas de piensos involucradas y millones de pérdidas… Y, por supuesto, las correspondientes explicaciones de las autoridades alemanas que se apresuraron a tranquilizar a la ciudadanía, la propia y la ajena, porque los niveles de dioxinas detectados no constituían un riesgo para la salud humana. Y si así hubiera sido, que no lo era, aseguraban los expertos, “sólo consumiendo muchos huevos y durante mucho tiempo podría resultar afectada la salud de los consumidores”, pero hasta en esas circunstancias, las autoridades sanitarias estimaban que “la mezcla de los huevos habrá diluido los niveles de dioxinas y se cree que no presentará riesgos para la salud”.
No había porqué inquietarse. Ni siquiera el hecho, tan viejo como consentido, de que para la fabricación de piensos se utilicen grasas y aceites industriales no aptos para el consumo humano, debe intranquilizar a nadie. Como tampoco hay que preocuparse por el hecho de que la contaminación de los huevos con dioxinas ya estuviera en conocimiento de las autoridades casi un año antes de que, finalmente, se denunciara y trascendiera.
En la eficiente y laboriosa Alemania es que también ha surgido el brote de ‘E.coli’ que primero se achacó al pepino y después a la soja, a la espera de que el tomate demuestre su inocencia y la alcachofa pruebe su coartada antes de que la berenjena sea interrogada.
Pasan los días, aumenta el número de muertos y de hospitalizados, y las autoridades alemanas siguen sin dar con el origen del brote infeccioso, repasando el santoral de verduras para dar con la que más convenga, entre discusiones, incongruencias, disimulos, pretextos...
Los protagonistas: los listos de la case.
Y mientras tanto, el tonto de la clase, aquel alumno a quien los listos de la clase prohibieran primero y bloquearan después, aquel a quien intervinieran, aquel con quien desfogan sus peores humores, aquel de quien los listos hicieran mofa burlándose de su subdesarrollo, tan contento, dándole a los listos cátedras de ética y moral y enseñándoles a andar en bicicleta.

sábado, 21 de agosto de 2010

TODOS LOS CUENTOS


El informe del Lobo Feroz
Koldo Campos Sagaseta

El Lobo Feroz, en un nuevo esfuerzo por promover el respeto a los derechos humanos y las libertades en los cuentos, ha hecho público en estos días su tradicional informe. El estudio presentado en esta ocasión por el Lobo, estudio que busca servir de referencia a otros cuentos y niños, se propone acabar con los abusos, reforzar la capacidad de los cuentos para proteger los derechos humanos, y centrar la atención en quienes no cumplan las normas internacionales.
Nuevamente, el informe condena a Caperucita Roja por su ilegal tráfico de canastas de alimentos por el bosque, por su insistencia en perturbar la naturaleza, así como por desatender la atención de personas de la tercera edad y prestar asistencia a furtivos cazadores.
También se condena a Cenicienta por abandono del puesto de trabajo, connivencia con hadas terroristas, usurpación de identidades y vestidos, conducción temeraria de carrozas, y entrada ilegal en reales palacios. Igualmente, el informe censura el abandono de zapatos en escaleras públicas y la permanente campaña de difamación que Cenicienta sigue manifestando hacia sus hermanas y madrastra.
Tampoco Blancanieves se ha salvado de las críticas del informe por su fragrante y reiterada animadversión hacia la dignidad real, la recurrente falsificación de espejos y su respaldo a bandas de enanos indocumentados. En el informe también se denuncia a Blancanieves por complicidad con cazadores, sacrificio de ciervos y venta fraudulenta de corazones.
Sin embargo, el informe presentado por el Lobo Feroz, reconoce y destaca el avance que vienen observando en materia de derechos humanos y libertades: el Ogro y la Bruja, dado que el primero ha dado inicio a una exitosa campaña vegetariana de adelgazamiento renunciando, incluso, a la ingesta tradicional de su propia descendencia, y la segunda implementa en la actualidad una masiva construcción de viviendas de chocolate, todas dotadas de sus correspondientes hornos, que permitan a la infancia desvalida abandonar bosques y calles y disfrutar del calor de un hogar.
El informe del Lobo Feroz resalta, igualmente, los logros alcanzados en materia de derechos humanos por el Capitán Garfio que, lejos de arrojar a sus enemigos al mar, ahora los entierra cristianamente de dos mil en dos mil, y los significativos avances de Cruella de Vil que, aunque sigue utilizando abrigos de piel, ya no utiliza perros como materia prima, lo que ha merecido el elogio de 101 dálmatas y las reticencias de sus trabajadores.
Finalmente, el informe este año del Lobo Feroz, ha censurado la conculcación que se comete actualmente en algunos cuentos contra los derechos lingüísticos de los lobos que están viendo como sus gruñidos y aullidos son discriminados en beneficio de otras lenguas.
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sábado, 26 de junio de 2010

VALE TODO



Entre el Mundial de Fútbol
y la vida

Koldo Campos Sagaseta

El juego es una de las actividades que, desde niños, más nos ayuda a entender la necesidad de establecer y respetar normas. De hecho, todo juego colectivo, la mayoría lo son, perdería su esencia si no estuviera sujeto a reglas y si los jugadores no las respetáramos.
Así sean juegos de mesa o de calle, no importa que sean conocidos o los improvisemos, para dar inicio al juego el primer paso consiste en establecer y aceptar las pautas por las que debe regirse. Obviamente, esas reglas tienen que ser las mismas para todos. Nadie aceptaría jugando al parchís que uno de los jugadores, dependiendo de lo que le convenga, cuente de más o de menos, o que pretenda tirar dos veces el dado en atención, por ejemplo, a que es el dueño del tablero.
El fútbol, uno de los deportes en los que más pesa el factor colectivo, también está sujeto a reglas. Cuando niños, antes de dar inicio al partido en la calle o en la escuela, los dos jugadores más cotizados se encargaban, tras escrupuloso sorteo, de ir eligiendo alternativamente a los componentes de los dos equipos hasta que en igualdad de condiciones comenzaba a rodar la pelota.
Como niños exigíamos que el juego dispusiera de normas, y hasta en nuestro modesto partido de fútbol, a pesar de no disponer de árbitro que decidiera qué era y no era falta, discusiones al margen, el juego transcurría sujeto al respeto que debíamos a esas reglas establecidas y que buscaban la mayor equidad posible.
Nadie habría consentido que una de las porterías fuera más grande que la otra o que un equipo contara con más jugadores que el rival. Si alguien hubiera pretendido entonces jugar al fútbol en esas condiciones, sin normas generales de común y obligado cumplimiento, no habría habido juego.
Curiosamente, lo que como niños nos resultaba inaceptable, lo que como niños nunca permitíamos, como adultos, más tarde, hemos ido olvidando o disculpando, y ya no sólo en relación al juego.
¿Se imaginan, por ejemplo, que el equipo palestino en un mundial de fútbol le marcara un gol inobjetable a Israel y el gol no subiera al marcador porque un hipotético Consejo de Seguridad del Arbitraje lo vetara? ¿Imaginan que en cada partido, anexo al campo, tuviéramos sentados a los 5 representantes del Consejo de Seguridad del Arbitraje con derecho a vetar cualquier resolución que terminara en gol si éste les afectara?
Ningún niño aceptaría jugar un partido en esas condiciones.
De más está recordar cuantos millones de adultos ciudadanos en absoluto cuestionan que el organismo que en las Naciones Unidas se ocupa de mantener “la paz y la seguridad de los países” compuesto por cinco naciones permanentes: Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China y Rusia, pueda usar el veto en contra, incluso, del sentir general de la humanidad. No hay más que repasar las últimas votaciones de ese organismo con respecto al bloqueo a Cuba. En patética demostración de hasta qué punto derecho y justicia se han hecho adultas, Estados Unidos, Israel y las islas Marshall pesan más que el resto de las naciones del planeta.
¿Alguien concebiría que en un partido de fútbol una decisión arbitral quedara sin castigo? ¿Es posible imaginar un partido en el que el árbitro le sacara la tarjeta roja a un jugador y éste, haciendo caso omiso de la decisión arbitral, siguiera jugando como si nada y hasta reiterando las faltas por las que fue expulsado?
Ningún niño aceptaría, dado el caso, que el partido pudiera continuar mientras no saliera del terreno de juego el sancionado.
Tampoco hace falta recordar cuántos Estados han preferido mirar para otro lado ante el centenar de resoluciones y condenas que Israel acumula en su larga trayectoria al margen de la ley y el derecho.
¿Es admisible figurarse un partido de fútbol en el que un equipo, a diferencia de los demás, no esté sujeto a ser penalizado por el árbitro? ¿Es imaginable suponer que en un mundial, los jugadores de los Estados Unidos gozaran del privilegio de no ser sancionados con tarjetas amarillas o rojas no importa cuantas piernas y cabezas rompieran?
Ningún niño toleraría semejante desacato. Sin embargo, eso que llaman comunidad internacional acepta que ningún militar estadounidense pueda ser presentado por crímenes de guerra ante una Corte Penal Internacional que sí puede juzgar a serbios, africanos o jugadores de equipos del Tercer Mundo, pero no de los Estados Unidos.
Tampoco es comprensible para la lógica de un niño que el entrenador del equipo contrario sancione o elimine a su rival porque supone que sus jugadores se aprestan a dar patadas, o que disponen de un masivo arsenal de artimañas para causar estragos antideportivos en los jugadores contrarios. En primer lugar porque ese entrenador no tendría autoridad para hacerlo, y en segundo lugar porque mientras no se produjera la falta no cabría la sanción. Resultaría inadmisible que en un mundial de fútbol, un árbitro castigara a un equipo con un penalti preventivo o le señalara faltas de rutina.
La dialéctica adulta sí concibe tales dislates. Por ello es que sobre Iraq, Afganistán y otros países ocupados, sometidos a guerras preventivas, se llevan a cabo bombardeos de rutina o se invaden pretextando armas inexistentes. Por ello es que resultan más peligrosas las armas nucleares que Irán no tiene que los arsenales nucleares de los que Israel dispone.
Impensable sería que en un mundial de fútbol fuese el entrenador de un equipo el que, por propia decisión, se ocupara de realizar los exámenes antidoping a los jugadores de los equipos contrarios, extendiendo certificaciones según su parecer, y hasta sancionando a conveniencia supuestos positivos.
Pero otra vez semejante desatino traspasa las fronteras del juego para hacerse mayor. Así es que Estados Unidos, el país que más drogas consume y demanda, y en donde, al parecer, nunca ha existido un solo cártel del narcotráfico, se atribuye el derecho de homologar qué países cumplen sus disposiciones al respecto y cuáles, Panamá por ejemplo, pueden ser bombardeados e invadidos. El que en plena era de Ronald Reagan y Oliver North, Estados Unidos traficara con cocaína y con armas, a espaldas de su propio Congreso, para asfixiar la revolución popular sandinista, todavía espera su imposible sanción.
Figurarse que en un mundial de fútbol ciertas selecciones que ganado su derecho a participar no puedan hacerlo por no haber la Federación Internacional validado su propia acreditación, también parecería inconcebible. En el peor de los casos, esa federación ya habría sido destituida por inoperante, por inepta o por ambas razones. Se le habría acusado de atentar contra el espíritu olímpico y habría sido disuelta de inmediato.
Pero lo que en el juego parece evidente en la vida no lo es. Países como Palestina o la República Árabe Saharaui tienen largas decenas de años esperando el permiso para saltar al campo y las Naciones Unidas todavía les sigue reclamando más tiempo y más paciencia.
Y ello para no hablar de la posibilidad de que ciertos equipos fueran bloqueados, confinados dentro de su área, impedidos de salir de ella, de elegir sus propios capitanes, de poder hacer cambios; o de que se autorizara para algunos jugadores la sanción de la bolsa en la cabeza o la picana; o de que pudieran desaparecerse jugadores contrarios o disparar impunemente contra los aficionados que desde las gradas animen a los equipos del eje del mal.
El campeonato del mundo de fútbol es, sin duda, un buen escenario para entender hasta qué punto la vida carece de normas, de reglas básicas que no desvirtúen los resultados.
Pero frente a aquella indignación infantil que no habría tolerado el irrespeto, se impone la madura indiferencia de quienes aceptan que podamos jugar con normas pero vivir sin ellas.
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domingo, 14 de febrero de 2010

TOREROS GRIEGOS


España y Grecia,
una odiosa comparación

Koldo Campos Sagaseta

Hasta se indignaron en el Estado español porque sesudos doctores de las altas y las bajas finanzas europeas, comparasen su salud, afectada de algún recesivo quebranto, con los graves padecimientos que sufre Grecia.
Y la comparación, en verdad, es ofensiva, casi insultante, pero no para el Estado español sino para Grecia, porque en el pabellón de enfermos desahuciados europeos, Grecia es, al menos, el único paciente que registra síntomas de recuperación, el único que expresa su repulsa ante sus seculares dolencias, el único que rechaza el diagnóstico médico que remite al destino el mal que se padece, el único que sabe que está enfermo. Y lo está haciendo saber en la calle, apelando a la lucha y llamando a la huelga.
Mientras tanto, el Estado español, el ofendido por tan odiosa comparación, va y viene por los deteriorados pasillos del hospital continental, arrastrando consigo sus propios sueros ilusorios, por supuesto sostenidos y sustentables, enfermo de pasiva esperanza, de optimismo baldío y para colmo risueño ante la oportuna referencia de otro enfermo al que le han diagnosticado aguda crisis, sólo porque recuperó la lucidez, sólo porque se niega a seguir estando enfermo.
Resulta patético advertir en este hospital europeo, a ratos manicomio, a veces cementerio o lupanar, simple pista de circo al que ya no le caben más estrellas, que su paciente español todavía se sienta satisfecho porque una cama más lejos haya otro enfermo al que poder diagnosticar peores achaques. Febril consuelo de un paciente que todas las mañanas proclama el fin de las dolencias que asegura no tiene, que abarata el despido, que reduce salarios y prolonga las horas y los años de trabajo, que sólo ve aumentar el desempleo y los llamados accidentes laborales, que ratifica a hampones empresarios y respalda a sindicatos sin vergüenza, que beatifica infamias y vilezas, a la espera de que pueda, por fin, reaparecer Ronaldo y Alonso gane la próxima carrera.
No, Grecia no está enferma. Cualquier enfermo deja de estarlo el día en que lo sabe, el día en el que agota todos los años de saberse mentido y engañado.
Los glóbulos rojos que en Grecia han tomado las venas y hacen sonar su estruendo de repulsa por todas las arterias de aquel cuerpo, son la más clara expresión de que el enfermo recupera sus signos vitales, de que ya no puede delegar su salud por más tiempo en manos de los virus monetarios, de los fondos virulentos, de todas las voraces bacterias que así fueran electas o usurparan derecho y voluntades, mientras no se erradique su presencia, seguirán enfermando todos los organismos que las acojan o se pongan en sus manos.
Y para contrarrestar sus dañinos efectos nada más efectivo que la cataplasma de la unidad, esa especie de ungüento asambleísta y popular que, en Grecia, además de expulsar las bacterias, está ayudando a que, en cada barrio o sector, los pacientes puedan por fin abrir los oídos y desatar la palabra, que no hay mejor terapia que saberse ni más sensata receta que juntarse.
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martes, 26 de mayo de 2009

UN TREMENDO CULEBRÓN AL QUE LLAMAN AL QAEDA




La patraña de Al Qaeda
Koldo Campos Sagaseta

Todos los días, en algún lugar del mundo, es desarticulada una red terrorista islámica vinculada a Al Qaeda. Y con la red quedan igualmente desarticulados sus integrantes y sus maléficos planes, para mayor gloria y consuelo de una ciudadanía que no siempre entiende y agradece los tantos desvelos que exige su seguridad.
Días atrás era desarticulada una red de peligrosos terroristas de Al Qaeda en Bilbao dedicada, según afirmaron los medios, a suministrar fondos a esa organización. Apenas un día más tarde de que a ocho columnas se titulara la noticia y el ministro Rubalcaba celebrara el éxito de la operación policial, doce de los trece terroristas eran puestos en libertad. No se había desarticulado nada, no se había detenido a nadie.
Casi al mismo tiempo, en Estados Unidos, era desarticulada otra red terrorista aún más perversa si cabe. Según las informaciones que han dado a conocer los medios, tres terroristas se disponían a volar por los aires edificios y aviones militares con la ayuda de misiles que habían comprado a un agente infiltrado de la CIA y que, naturalmente, eran falsos. Lo extraño de la noticia, el apunte que revelaba la verdadera naturaleza de la misma, era el hecho de que, según los propios organismos de seguridad que habían desarticulado los atentados, los tres terroristas no pertenecían a ninguna organización, no eran miembros de Al Qaeda o de cualquier otro grupo armado. Eran, en definitiva, tres cabezas calientes, sin ningún nexo con el terrorismo que no fueran sus más que justificadas ganas de revancha que, ante el ofrecimiento del encubierto agente, respondieron gozosos mostrando su adhesión a la bomba y al misil. En definitiva, no han desarticulado nada, no han detenido a nadie…pero al mundo trasciende la noticia del terror que se ha evitado gracias a la combinada eficacia de la policía y sus inestimables labores de contrainsurgencia antiterrorista y de los grandes medios extendiendo por el mundo la buena nueva para que la ciudadanía pueda dormir tranquila y renovarles sus votos.
Es tal la eficacia que muestran las policías del mundo desarticulando constantemente redes terroristas que si no fuera porque Al Qaeda aún es más eficaz rearticulándolas, nadie más que esas policías se merecerían el premio internacional a la eficiencia. En todo caso, los grandes medios de comunicación, en su denodada cobertura a la lucha contra el terrorismo.
Estados Unidos y Europa se sitúan a la cabeza en la desarticulación de tramas terroristas pero es tal el cúmulo de redes islamistas en el mundo y la velocidad con que se reproducen que no hay continente, tampoco país, en el que no se asiente alguna a la espera de ejecutar sus siniestros planes.
Hasta de países como la República Dominicana llegan, ocasionalmente, noticias de la neutralización de alguna trama. En un país en el que no hay más imperdonable terror que el que padecen las mujeres y en el que no hay más tiros que los que prodigan los tantos delincuentes con uniforme, curiosamente, a raíz del 11 de septiembre, se creó un batallón de lucha antiterrorista, no para combatir la violencia machista o el alza de los precios, no para enfrentar la corrupción, el desempleo o las tantas otras lacras de la sociedad dominicana, sino para preservar su paz amenazada por las hordas de Al Qaeda. Y no tardaron en presentarse las amenazas. Una tarde era desarticulada una célula terrorista islámica, compuesta por cinco peligrosos libios, a punto de abordar un avión para Estados Unidos. Al día siguiente, ya eran cuatro y, horas más tarde, se publicaba que los tres detenidos eran libaneses. Apenas unos pocos supimos, días después, que los dos libaneses no eran más que ilegales sin papeles, buscando su arribo a la tierra prometida en busca de trabajo. Pero el éxito de la operación ni desalentó a las autoridades ni desanimó a los terroristas y, al poco tiempo, era detenido en Santo Domingo un destacado miembro de Al Qaeda que, tras ser investigado, resultó ser un estudiante de medicina paquistaní, sin que se le formularan cargos siquiera por mala práctica médica.
Al margen de estos apuntes “tercermundistas” sobre el peligro que representa el eje del mal, en el primer mundo, no podía ser menos, los planes conspirativos son mucho más complejos y, sobre todo, terribles y constantes. Atentados contra aviones, contra redes de transporte, contra pozos de petróleo, refinerías, bases militares, grandes personalidades… frustrados por la pericia policial.
Y es que nada ni nadie escapa a la amenaza terrorista. De ahí la importancia de desarticular redes terroristas en todo el mundo y todos los días.
También en el Estado español se han dado pruebas de la eficacia policial contra las redes islamistas.
Entre otros ejemplos, en enero del 2006, la policía lograba desarticular dos redes “yihadistas” en Madrid, Cataluña y el País Vasco, con ramificaciones en Francia, Bélgica, Holanda, Argelia, Marruecos, Turquía, Siria e Iraq, y detenía a sus 20 integrantes. Su misión era captar y reclutar suicidas. Las operaciones policiales “Chacal” y “Camaleón” frustraban los objetivos de los terroristas a quienes, si bien no les encontraron armas ni explosivos, les fueron intervenidos “ordenadores, documentos y teléfonos móviles”.
Para cerrar el mismo año, en otra operación realizada en Ceuta, era desarticulada una nueva célula terrorista. En esta oportunidad, además del acostumbrado arsenal de ordenadores, móviles y documentación, también se les ocupó a los 11 desarticulados, dinero y un machete.
Durante el gobierno de Aznar, fueron tantas las detenciones de sanguinarios terroristas árabes, especialmente en Cataluña, que cerca estuvieron los brillantes operativos policiales de paralizar los servicios de recogida de basura de esa comunidad, dado que a esos oficios se dedicaba la mayoría de los terroristas apresados. Para su fortuna, las sospechosas sustancias químicas que manejaban no eran sino productos de limpieza y, semanas más tarde, al ser puestos en libertad, casi todos pudieron dar gracias a Alá y volver a sus afanes de limpieza sin nuevos sobresaltos.
Uno de los casos más sangrantes fue el de Ahmad Mardini, un sirio nacionalizado español, casado con una zamorana, padre de tres hijos y empleado de la Coca-Cola, que perdió el empleo, los amigos, los vecinos, casi la familia y la fama que se le supone a un inocente, luego de que fuera detenido como peligroso terrorista islámico, y su nombre y su rostro reproducido hasta la saciedad por medios de comunicación que, como El Mundo o Tele-Madrid, ni siquiera por imperativo legal y años después de que Garzón descargara al acusado, dejaron de presentarlo como terrorista.
Si la misma cobertura que emplean los medios para informarnos de la desarticulación de tramas terroristas la dedicaran, pasada la euforia, a ilustrarnos con los resultados, sabríamos que el caso de Mardini es una constante.
La ola de detenidos que acompañó en Londres la desarticulación de un supuesto plan para hacer estallar en vuelo diez aviones comerciales, en agosto del 2006, casualmente, al mismo tiempo en que Israel destruía El Líbano, tuvo repercusiones en todas partes: en Francia, en Paquistán, en Afganistán, en Italia… cientos de detenidos. De hecho, no hay acontecimiento social de importancia que se celebre en el mundo que no venga precedido de la desarticulación de más y más células terroristas de Al Qaeda. Ya casi es tradición que semanas antes de que se celebre un campeonato del mundo de fútbol, sea Francia o Alemania, lleguen noticias de redadas que pongan a buen recaudo a cientos de peligrosos árabes planificando espantos, y no hay cumbre mundial, así sea política o económica, que no se cobre antes la detención de algunos centenares de terroristas islámicos dispuestos a inmolarse.
Por si no fuera suficiente, los medios de comunicación, tan parcos a veces, otras tan exhaustivos, también informan los nombres de las ciudades más expuestas a padecer el terror, tanto como callan los nombres de aquellas ciudades y países que ya lo padecen. Hasta nos anticipan los lugares con más posibilidades de ser blanco de las bombas.
Además de la coincidencia general en la mayoría de las redes desarticuladas de no encontrarles la policía más armas o explosivos que los clásicos “móviles, ordenadores, documentación y dinero”, otra constante llama la atención en la redacción de todas esas informaciones que uno nunca sabe si son partes de guerra reconvertidos en noticias o noticias transformadas en partes de guerra: “los planes estaban en su etapa inicial aunque ya habían madurado lo suficiente” y cito textualmente al FBI luego de que en julio del 2006 desarticulara una red compuesta por ocho terroristas que se proponía atentar contra la red de transporte en Nueva York. En la misma declaración, el FBI reconocía que “ninguno de los implicados ha estado o está en Estados Unidos”, circunstancia que, en el mejor de los casos, mueve a asombro. Esos “planes iniciales que ya habían madurado”, en su contradictoria exposición, son los mismos que alegaba el ministro español Pérez Rubalcaba en el caso de los detenidos en Ceuta: “el grupo no tenía objetivos marcados aunque se planteaba pasar a la acción”; y semejantes, aunque invertidos, a los del caso de Londres. Si la policía inglesa anunciaba el primer día que el “plan estaba bien avanzado y ha sido interceptado en su fase final”, el ministro inglés John Reid declaraba días después que se “está en la primera fase de una larga investigación”.
Naturalmente, y como suele ser costumbre, “no se informa de más detalles al respecto para no obstaculizar las investigaciones.
La desarticulación en abril del pasado año de una red terrorista en Arabia Saudí con sus 172 socios y abonados, reveló, por ejemplo, que la mayoría eran nigerianos y yemeníes, que algunos eran de Al Qaeda, y que habían recibido instrucciones sobre pilotaje de aviones fuera de Arabia Saudí, pero se reservaban otras informaciones para no obstaculizar las investigaciones. El mismo argumento serviría a las autoridades y medios italianos para, tres meses más tarde, luego de desarticular una red que entrenaba terroristas en una mezquita italiana, limitarse a revelar que “hemos descubierto una verdadera escuela del terror”. También se agregó a la información el habitual interés de los detenidos en pilotar Boeing 747 y manejar sustancias químicas. Las mismas, tal vez, que la policía británica había encontrado en julio de este año en poder de un afgano y un somalí en Londres, cuando investigaba un asunto relacionado con el narcotráfico, y que adelantaba era “peróxido de hidrógeno” aunque todavía se estaba “analizando” la sustancia. Seguimos a la espera de que policías y medios confirmen el análisis de la sustancia.
Otra de las comunes coincidencias en este tipo de denuncias lo supone la grandilocuencia, el tremendismo, con que se informa de la amenaza. Lógicamente, cuanto más graves pudieron ser las consecuencias del atentado que nunca ocurrió, mayor alivio van a encontrar los afectados que nunca lo fueron.
Para la policía italiana, en el caso que citara más arriba, la mezquita se había convertido en una “verdadera escuela del terror”. ¿Cómo calificar entonces la cárcel de Abu Ghraib en Iraq, o la de Guantánamo? El responsable de Scotland Yard, aludiendo al supuesto atentado frustrado en Londres contra diez aviones comerciales, hablaba de “asesinato masivo de un nivel incalculable”. Las posibles víctimas del atentado, sin embargo, al margen del lógico dolor e indignación, eran perfectamente calculables. Hubiera bastado sumar el número de pasajeros para obtener el número de víctimas. Y habríamos sabido sus nombres, sus historias, sus nacionalidades, hasta el destino de su última llamada por su móvil. Lo que sí resulta incalculable es el número de iraquíes muertos desde que Estados Unidos y Europa se dieron a la tarea de “liberarlos” de su dictador. Se ha hablado de medio millón de muertos, de un millón, de cientos de miles de “fantasmas” sin identidad que, todavía, siguen muriendo en ese y en otros países sometidos a la misma democrática terapia occidental.
La fiscal del distrito Este de Nueva York, Roslynn Mauskopf, luego de que a principios de este año fueran detenidos en Nueva York tres alegados terroristas de Guayana y uno de Trinidad y Tobago acusados de intentar volar con explosivos que, por cierto, todavía no tenían, la red de conductos de gasolina que abastece a los aviones del aeropuerto John F. Kennedy, indicó que se trata de uno de los "complots más escalofriantes imaginables", aunque aclaró que durante el tiempo en que se han llevado a cabo las investigaciones "nunca ha estado en peligro la seguridad aérea ni la de los pasajeros". "La destrucción que hubiera causado si se llega a producir, es inimaginable".
Lo que sí resulta inimaginable es la destrucción causada en Iraq de la que se duda pueda, alguna vez, volver a ser una nación.
Una vez los medios han dado amplia cobertura al frustrado atentado con su correspondiente secuela de detenciones, poco importa que en los siguientes días se desnaturalice el atentado y los sanguinarios terroristas acaben convertidos en trabajadores de la limpieza o en simples ilegales. Ya la alarma se ha creado, que era lo que se perseguía, y el “mundo” valora y respalda la labor de sus gobiernos y sus medios de comunicación en su labor de preservar su seguridad.
Obviamente, si aceptamos que haya guerras preventivas, no hay razón para oponerse a arrestos y desarticulaciones preventivas. Por ello los esfuerzos de gente como Peter Clarke, jefe de la brigada antiterrorista inglesa, que no tuvo empacho en reconocer la vigilancia a que somete a “miles” de ciudadanos de su país, “sospechosos de actividades terroristas directa o indirectamente”. Las sospechas, también, pueden ser preventivas, tanto como las noticias.
Entre las miles de personas, la mayoría de origen árabe, que han sido detenidas y presentadas por los medios de comunicación como diabólicos terroristas dispuestos a matar y morir, el caso de Richard Reid siempre me ha parecido uno de los más llamativos. Y lo digo porque hasta entonces había creído que los malos, aún siendo perversos, podían disfrutar de algunas virtudes comunes a otras personas, como ser elegantes, inteligentes o, por ejemplo, resultar atractivos, pero después de observar muy brevemente el rostro, que no es conveniente solazarse en sus facciones, del individuo de Sri Lanka que hace siete años pretendió sin éxito provocar una explosión en un avión que iba de París a Miami, me sentí en la necesidad de corregirme y aceptar que hay malos que, además, también son feos, incluso, imbéciles, casi tanto como los medios de comunicación que nos brindaron la noticia. El tal Reid, con los zapatos repletos de explosivos, había llegado al aeropuerto de París sin otro equipaje que un rostro inolvidable, cargado de presagios y muecas. En su afán por pasar desapercibido y dado que su cara, como debió ocurrir, no sirvió para que le negaran el boleto y ahí mismo lo arrestaran, (si no me cree le invito a que entre en cualquier buscador de Internet y solicite la imagen de Richard Reid) el terrorista se dedicó a insultar y a ofender a otros viajeros y a empleados de la línea aérea, sin lograr hacerse notar. Días antes, dedicado a los mismos afanes y en el mismo aeropuerto, había logrado, finalmente, según leía en la prensa, que le retuvieran por unos minutos el pasaporte británico que portaba, ya que además de ser falso también lo parecía, con lo que acabó por perder el vuelo, pero había regresado al aeropuerto decidido a embarcar rumbo a Miami sin cambiarse ni de zapatos, ni de pasaporte, ni de cara. Por más discusiones y pleitos que volvió a originar nadie impidió esta vez que el irascible sujeto fuera atravesando todos los rigurosos controles antiterroristas hasta ocupar su asiento en el avión. Ya que no disponía de un letrero de neón en la cabeza, de esos que se encienden y apagan, con la leyenda: "soy un terrorista", ni tampoco echaba espumarajos por la boca, se dedicó, según dicen los cables noticiosos, a protagonizar algunas malsonantes broncas con otros pasajeros, hasta que harto de mirarse en el espejo y verse, se decidió a extraer, a la vista de todos, los cables de su zapato para provocar la redentora explosión. Tampoco nadie pareció advertir entonces sus quehaceres manipulando cables en su asiento, lo que parece ser muy común en cualquier vuelo. Desgraciadamente, no había tenido la precaución de llevarse unas cerillas escondidas en el otro zapato y, como siempre, haciendo gala de un tacto exquisito, de fino y experimentado terrorista, llamó a gritos a la azafata para que le suministrara un encendedor. Craso error el suyo porque ahí fue que la azafata comprendió que se trataba de uno de esos desalmados fumadores y le cayó arriba secundada por los demás pasajeros. Al registrarle los zapatos, ya reducido y golpeado en el suelo, en busca de la cajetilla de cigarrillos, se encontraron con los explosivos y se detuvo al terrorista.
Los medios colaboran con los gobiernos amplificando el terror y los terroristas para que la ciudadanía no tenga la menor duda de la magnitud de la amenaza que se cierne sobre ella y la necesidad de que la amparen esos gobiernos y la mantengan informada esos medios de comunicación.
Es así que, en todos estos años, el principal problema que dicen tener los españoles es el terrorismo, cuando hasta el montañismo, uno de los deportes más hermosos y sanos que existen, mata más y mejor.
Pero una población que es capaz de creerse la virtual amenaza e ignorar la real consecuencia, puede creerse cualquier cosa.
Un informe de 16 agencias de los servicios secretos estadounidenses, desclasificado, en parte, a principios del 2008, revelaba que “Estados Unidos afrontará una amenaza terrorista persistente y en evolución, aun cuando no hay indicios creíbles de peligro inminente”. Lo enfatizaba el titular del Departamento Nacional de Inteligencia, Mike McConnell: “La primera y principal evaluación de inteligencia nacional es que hay y habrá amenazas terroristas persistentes y en evolución”. Lo que más parece un parte meteorológico, se resumía en un dato escalofriante por su crudeza y precisión, obtenido no se sabe como y que, en este caso, divulgarlo no obstaculiza las investigaciones: “El objetivo de Al Qaeda, basado en creencias religiosas del Islam, es matar a cuatro millones de estadounidenses…”.
El 16 de junio del 2004, Johan Galtung, experto noruego en negociaciones de paz, profesor de la Universidad Europea de la Paz, de Estudios de la Paz de la Universidad de Hawai y de otros centros universitarios, declaró en un seminario sobre terrorismo en el Escenario de la Haima, en España: “Estados Unidos, desde la segunda guerra mundial ha realizado 70 intervenciones militares que han causado la muerte de entre 12 y 16 millones de personas, el 95% de las cuales eran civiles. Hitler ocasionó la muerte de 11 millones de personas. No hay duda que el principal terrorista del mundo actual está en Washington”.

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