miércoles, 31 de octubre de 2007

SOBRE JARANAS Y CUCHIPANDAS





La fiesta continúa por Cesar Levano (*)
En mi época había dos Limas. Ahora hay varias, y todas están densamente pobladas por miembros de esa gran marcha provinciana que se inició en los años cuarenta y que descentró a la Lima tradicional: el jirón de la Unión, arteria otrora de joyerías, bazares y sastrerías de lujo, es ahora el epicentro de comercios que venden medias y sombreros de a sol o dos soles.He tenido el privilegio y la condena de nacer y vivir en el corazón de la Lima popular, la que se sitúa entre el Parque Universitario y la avenida Grau. He trajinado desde adolescente por La Victoria, los Barrios Altos, el Rímac. Sé por eso lo que era la música criolla, es decir, la música de aquella Lima plebeya. Por allí anda un trabajo mío titulado Un cancionero escondido, editado por la Biblioteca Nacional y la Universidad Católica, de resultas de un concurso. Contiene las partituras con que el Centro Musical Obrero animaba las veladas proletarias de los años veinte. Figuran allí himnos rebeldes, valses criollos, tangos y ¡piezas de jazz! Las notas fueron transcritas en el pentagrama por mi padre, luchador obrero –“sindicalero”, como diría cierta bestia– que había aprendido música y clarinete como recluta del Ejército. El título de aquel cuaderno obedece a que el cancionero estuvo, en efecto, escondido, para salvarlo de la represión, en una provincia. Sigue escondido. Una musicóloga alemana me visitó hace algún tiempo para contarme que el volumen figura en el catálogo de la Biblioteca Nacional, pero ha desaparecido de los anaqueles. Cuento esto porque quiero pintar una época de la música popular de Lima, cuya cumbre es Felipe Pinglo. Sobre él me dijo Augusto Ballón, su acompañante cotidiano: “Felipe era un socialista por sentimiento”. Ballón sí fue militante obrero, en una célula de Barrios Altos. En Caretas 505, 1974, publiqué testimonios de tres hombres que conocieron a Pinglo: Augusto Ballón; Juan Francisco Castillo, el único entrevistador que tuvo el maestro; Víctor Echegaray, el dibujante que le conoció en el Callejón de San José, plazuela Buenos Aires (“nosotros los humildes también tenemos derecho a demostrar nuestras inquietudes artísticas” le escribió el compositor de “Silente”). Pinglo era un hombre lúcido.En tiempos recientes, Manuel Acosta Ojeda (que no ha recibido pensión) y Abelardo Takahashi Núñez (fallecido en Japón) continúan la línea de Pinglo. Algo más: representan la confluencia de lo costeño y lo andino, pero no para una hibridez sin belleza. Dibujan, con Carlos Hayre, la flecha de una evolución que no desfigura, acelerándolo torpemente, el ritmo, ni la tensión melódica de lo limeño popular, cambiante pero fiel a su fuente. ¡Ah, jaranas que he vivido! La fiesta continúa, con voces jóvenes y guitarras nuevas.


(*) Aparecido hoy en la columna del director del diario La Primera

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