domingo, 18 de noviembre de 2007

DINASTY A LA PERUCHA





Los hijos del periodismo por Beto Ortiz (*)
¿Es el periodismo peruano una jerarquía dinástica? Si mi anciano padre tuviera revista propia, ¿a quién creen ustedes que nombraría director?
Buceando entre mis archivos polvorientos en pos de insólitas curiosidades con qué llenar mi aún nonata página web (www.betoortiz.com desde este jueves), encontré esta simpática instantánea en blanco y negro tomada por Pepe Vilca hace 15 años en las antiguas, lúgubres oficinas que Caretas tenía en el jirón Camaná. No hay que ser demasiado perspicaces para percatarse del obvio contraste entre los retratados -Marco Zileri, contentísimo hijo del dueño y hoy flamante director del venerable semanario y este servidor, a la sazón, malagracia obrerito de la sección inactuales. Fue mientras contemplaba, no sin cierta revisteril nostalgia, esta fotografía amarillenta que una pregunta tremebunda me asaltó: ¿Es el periodismo peruano una jerarquía dinástica? Si mi anciano padre tuviera revista propia, ¿a quién creen ustedes que nombraría director?
Cuenta una malévola leyenda que la primera nota que Marco Zileri escribió en su vida comenzaba con la siempre socorrida expresión Sin embargo. No me consta. Insisto: es una maldad y justamente por eso es que, cierta o no, la anécdota resulta divertida. Lo que sí le queda impajaritablemente claro a cualquiera que, como yo, haya leído religiosamente Caretas en las últimas décadas es que, si se hiciera una antología de las grandes plumas que han transitado por sus páginas habría que incluir, pues, desde el saque, al mismísimo Vargas Llosa para continuar rescatando justicieramente a Mario Campos, a Jorge Salazar, a Hildebrandt y a Ampuero, a Jochamowitz, a Lévano y a Tamariz, a Edmundo de los Ríos, a Pepe Adolph y a Oscar Malca. Si alguien me tomara examen de culturita periodística en este instante, yo podría, sin problema ninguno, ponerme a citar crónicas (para mí, memorables), firmadas por todos y cada uno de los nombrados. Pero.¿Marco Zileri?
No quisiera parecer demasiado mezquino ni cruel, no lo odio, no tengo nada contra él, es más, me cae de lo más simpático el muchachón, pero, a ver, dejándonos de cuatro cosas y asumiendo el riesgo aterrador de no volver a salir nunca más en la vida -¡oh,no!- en Ellos & Ellas, os pregunto: ¿alguien recuerda algún artículo escrito por Marco Zileri? Yo no. Y eso que trabajé dos inolvidables años completitos en esa mítica redacción en la que el furioso tableteo de nuestras destartaladas máquinas de escribir se fundía con los infernales bramidos del pantagruélico Enrique lanzando por los aires algún televisor o algún fotógrafo en medio del providencial, benéfico aroma del caldo de gallina que, en las amanecidas de cierre de edición, arribaba puntual a nuestros escritorios a las cinco de la mañana en desportillados tazones blancos de fierro enlozado con borde azul. Es ingrato el trabajo del aguafiestas y, a la larga, sale muy caro pero, pardiez, alguien tiene que hacerlo, tal es nuestro trágico sino y vaya que Caretas lo sabe mejor que nadie. I am so sorry. No recuerdo nada que Marco Zileri haya escrito. Nadita. Lo he leído muchísimas veces y lo he olvidado al minuto siguiente que es lo mejor que le puede ocurrir a un aspirante a escribidor para saber, a tiempo y con total certeza, que tendrá que dedicarse a otra cosa.
Y aunque -como cualquier ciudadano de bien- lo último que esté necesitando en esta vida es que yo invoque su nombre en vano, podría enumerar en este instante y sin el menor esfuerzo, cantidades de crónicas de su hoy editor Jaime Bedoya o de cualquiera de sus múltiples heterónimos. Títulos tales como Gente que desaparece, Naturaleza Muerta, Pararse frente a un toro, Farándula 911, Observaciones en torno a un viaje a Miami, Noticia típica peruana, Disculpen la pequeñez o Algún día volveré con mucho dinero y conoceré esta ciudad (para mencionar solamente unas cuántas), tendrían que ser -más vale que ya lo sean- lectura obligatoria en las cada vez más numerosas facultades de periodismo que, semestre a semestre, arrojan a las calles a centenares de extraviados pichoncitos para que el Perú les pase expeditivamente por encima con su ya tradicional estampida de vacas flacas. No llevo la cuenta exacta pero, al ojo, calculo que la fidelidad de Jaime con la difícil revista de sus amores debe haber cumplido ya sus bodas de plata sin que medien platos recordatorios, almuerzos de camaradería, pasacalles ni champancitos. Para quienes jamás duramos más de dos años con nada ni con nadie, veinticinco años ya suenan a eternidad. A la espartana pero consistente eternidad de una carrera labrada a mano limpia, en estricto silencio, con el mismo tenaz desdén por los reconocimientos que lo ha hecho persistir en su solitario afán de no dejarse tomar más que esa única y ya añosa fotografía que su multitud de intrigados lectores conoce de él.
Marquito Zileri me parece un tipo de lo más gracioso y ocurrente como tipos graciosos y ocurrentes me parecen, por ejemplo, Gustavito, Alejandrito y Genarito, los dulces retoños de Genaro Delgado Parker que hoy manejan Panamericana Televisión como, sin duda, manejaban -sin brevete- los meches que, cuando adolescentes, le pelaban a Papaúpa. También es sabido que César Hildebrandt tiene un hijo periodista que heredó el peso aplastante de su nombre pero -piña- no el de su talento. Y habiendo más de un periodista notable en las filas de La República, fue el muy ambicioso ingeniero Chicho Mohme Seminario quien, demostrando lo inmensos que le quedaban los ternos de su difunto papá, lo sucedió, coqueteando con el lado oscuro de la fuerza a la primera oportunidad que tuvo. Y, aunque se me ocurren más, mejor no sigo poniendo ejemplos de otras insignes dinastías del periodismo porque, si no les molesta, me gustaría conservar mi humilde columna por el momento, pero si de herederos se trata, imposible olvidar a Moisés Wolfenson y al gordito José Francisco Crousillat que eran recontra chéveres y un cague de la risa y allí los tienen. Y por mucho que Bush sea el hijo de Bush y que Keiko vaya a ganar la presidencia en el 2011, yo me reafirmo: no hay mérito alguno en ser los hijitos de nuestros papás. ¿Hasta cuándo las ominosas jerarquías de la prensa nacional seguirán siendo monarquías hereditarias?
He leído con fruición cada línea que Jaime Bedoya ha escrito en su vida y hasta hace algunos años me hubiera sido imposible hacer, ni siquiera en privado, la constatación que estoy a punto de hacer ahora y que es la más dolorosa que un ilustre cagatintas puede enfrentar: la amarga hidalguía de aceptar que no eres el mejor escritor de tu generación. Bayly lo dijo hace poco y aunque suelo estar en desacuerdo con él en casi todo, lo secundo sin chistar en esta moción: no hay nadie que escriba mejor que Jaime Bedoya. No existe el menor rastro de patería en esta simple afirmación: no somos amigos. No podríamos serlo, ni aunque quisiéramos. Y, sin embargo, me hubiera gustado que, apartándose del gris y aburrido nepotismo que reina y gobierna en la gris y aburrida prensa nacional, Enrique Zileri, ese absoluto gigante del periodismo peruano, hubiera tenido la grandeza legendaria de pasarle la antorcha a quien realmente la merecía.


(*) Aparecido en su columna del diario Perú21. Esperamos la página de Beto para disfrutar de su excelente prosa y de su agudeza natural.

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