miércoles, 14 de noviembre de 2007

INJUSTICIA CON LOS JUECES








Los supremos se rebelan por César Hildebrandt (*)
Por unanimidad, la sala plena de la Corte Suprema ha acordado presentar una consulta ante la Organización Internacional del Trabajo.Los 18 vocales de la Corte Suprema han decidido rebelarse ante la arbitrariedad del gobierno aprista de mutilar sus sueldos y, con ello, degradar su estatus laboral –lo que aquí y en cualquier parte debiera considerarse un equivalente del despido intempestivo–.El presidente de la República tiene la convicción perversa de que el resentimiento social se cura no subiendo el sueldo de los que ganan menos sino rebanando el de los que ganan más. Cree firmemente que la justicia social pasa por incendiar las planillas del Estado –donde, en su concepto, sólo deberían trabajar los ricos y los mediocres– y que la democracia, es decir la división republicana de poderes, es compatible con el manotazo presidencial y la entrada a saco en los fueros de la judicatura. Esta utopía invertida y mezquina de imaginar un país donde nadie gane lo que se merece –y para eso basta una comparación con estándares internacionales– llevó al doctor García Pérez a mochar en 10,714 soles el salario de los magistrados supremos titulares. El zarpazo se dio, como recordarán algunos, el 6 de diciembre del 2006 y a través de un despectivo Decreto de Urgencia.La trinchera norte del aprismo, con Mauricio Múlder haciendo de Pecoso Ramírez, aplaudió a rabiar. Aplaudieron hasta hinchárseles las manos los fujimoristas presos por ladrones y/o asesinos. Aplaudió la vasta prensa que hace de claque gubernamental, empezando por el canal del señor que recibió veinte millones de soles como resarcimiento por su “martirologio” en el exilio.Los que no aplaudieron fueron, por así decirlo, los lectores del Señor de la Brede y Barón de Montesquieu. Y los que, sin importarles para nada Montesquieu, intuyen hasta con el olfato que cuando un presidente de la República le mete mano a la minuta de un juez lo que quiere no es la república sino el imperio que más viejo ha sido en este mundo: el de Narciso.Ahora bien, el mordisco alanista a los supremos es una patada en el fondillo de la Constitución. Porque la Constitución vigente garantiza a los magistrados “una remuneración digna de su misión” y porque en sus artículos 23 y 26 establece principios laborales defensivos adoptados de la legislación internacional –entre los que está el que garantiza la preservación del nivel salarial–.Por esa razón los supremos se están dirigiendo a la OIT para formularle la siguiente y simple consulta: ¿No es acaso causal de despido intempestivo el hecho de que a un trabajador –cualquiera fuese su rango– le rebajen el 50% de su sueldo?Javier Villa Stein, el promotor de la consulta, apunta en su argumentación que en Estados Unidos y Argentina, por ejemplo, está constitucionalmente prohibido meterse con la remuneración de los jueces del más alto nivel y que las normas de la OIT, de las que el Perú es suscriptor, establecen “la progresividad de la remuneración”. Y progresividad es antónimo de regresividad, que es la figura que está detrás del hachazo presidencial.Lo increíble es que las ONG dedicadas al monitoreo de la justicia hayan silbado en la esquina, como si nada hubiera pasado, a la hora de ver humillados a los vocales supremos. Y que los jurisperitos de toda índole se hayan callado en más lenguas que las que llegó a dominar Elías Canetti. Y que la Comisión de Constitución del Congreso se haya atrincherado en su cómoda prescindencia para no decir nada al respecto.Este columnista es un veterano crítico del poder judicial. Pero es también alguien consciente de que cuando el Ejecutivo les saqueó la billetera a los vocales supremos no lo hizo para mejorar o limpiar la judicatura sino para fanfarronear, ante el coliseo romano, del poder invasivo que se ha autodesignado. He discrepado de Villa Stein y no me gustan algunos de sus fallos y no pocas de sus intenciones. Pero ahora no tengo otra opción que felicitarlo por la exhibición de pantalones que acaba de hacer en este país tan superpoblado de caídos del catre y callados perpetuos.



(*) Aparecido en su columna del diario La Primera.

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