lunes, 18 de agosto de 2008

CINEMEROS DE CUARTA





Un minuto de silencio


por César Hildebrandt (*)


Ocurrió hace algunas semanas y revela, de un modo retorcido, en qué nivel de civilización nos encontramos en el Perú.Fuimos con Rebeca a ver “París, yo te amo” –una bella película que, probablemente, podría aburrir a los cinéfilos amantes de la acción porque no tiene balazos ni muñones ni tarantinadas- y, de pronto, otra vez, un susurro de avispa, un secreteo, una vocecita instruyendo algún oído.Los cines de Lima son en estos tiempos cámaras de tortura. La epidemia de lobotomización ambulatoria que cunde entre nosotros ha llenado los cines de bisbiseos, risotadas que sólo Forrest Gump podría entender, profecías respecto de la próxima escena (o balacera, o puñetazo, o adulterio). Si en una americanada ruidosa como el último “Batman” -tan elogiada por la “crítica oficial”, con la notoria y sabia excepción de Ricardo Bedoya- esas murmuraciones son insoportables, en una película llena de códigos y sutilezas como “París, yo te amo” la intromisión de ese bajo continuo de los bárbaros llama, sencillamente, al homicidio. Al homicidio con pistola y silenciador, de preferencia.Así que en plena performance de Natalie Portman, lanzo una mirada de chacal hambriento a mi derecha, de donde viene esa vocecilla que comenta, que a alguien le explica, al parecer, qué parte de París es la que aparece en pantalla, qué tan latino es ese barrio latino, por qué tiene ese verdor jorobado la cúpula de Notre Dame y, seguramente, por qué el Sena está tan sucio como el Támesis (o más).Y cuando volteo para dirigir mi furia veo, con la dificultad de la penumbra, a un señor y a una señorita tan lejanos en edad como cercanos en afecto. Me parece reconocer al pedagógico caballero. Dudo. Me cuesta creerlo.Se calla el señor por unos minutos. Puedo entonces ver a Catalina Sandino convirtiendo el silencio en oro cinematográfico.Pero luego, cuando Alfonso Cuarón hace un corto con un solo plano-secuencia sostenido brillantemente por Nick Nolte, el cuchicheo magisterial se reanuda. No puedo más y lanzo un grosero “¡Shhhhhhhh!”, seguido de un disimuladamente rogativo “¡Por favor!”Rebeca me mira con cariño. Ella, desde la izquierda de esa fila, tiene lo suyo: otras vocecillas interrumpidas por ruidos sorbedores y masticaciones.Me resigno. Veré el resto de la película rodeado de sonidos parásitos. Trataré de no hacerles caso. Total, estamos en Lima, una ciudad donde los envases de galletas se arrojan desde los Mercedes Benz o desde los Ticos, donde los taxistas se mean en las bermas y donde, sobre todo, se odia el silencio y el respeto por el otro.Y así es, en efecto. La vocecilla de la derecha glosará hasta el último fotograma con ese airecito de haber estado mucho tiempo en París, de haberlo recorrido de arriba a abajo, de noche y de día. No puedo descifrar lo que dice porque ha bajado el tono pero compruebo que ayuda a su joven acompañante a entender esa ciudad que ama y donde, por supuesto, jamás se atrevería a hablar durante la proyección de una película.Hace muchos años, en el cinematógrafo del “Leoncio Prado”, vimos –una noche de viernes- “Muñequita de lujo”, que fue el nombre bobo que aquí le pusieron a “Breakfast at Tiffany’s”, la película de Blake Edwards cuya banda sonora fue nada menos que el “Moon River” de Mancini y Mercer. Recuerdo, como si fuera ayer, que cuando algunos atilas expresaron de modo gutural su admiración por Audrey Hepburn el capitán Lora –el inolvidable Lora- mandó a encender las luces y dijo a gritos que el cine era arte y que el arte merece respeto. Quizá no necesito decir que en mi casa aprendí lo mismo.Ahora ha terminado la exhibición de “París, yo te amo”. Las luces también se han encendido. Puedo entonces verle la cara al murmurante. Sí, es quien me temía. Es el físico nuclear peruano Modesto Montoya, un científico a quien siempre admiré y a quien he entrevistado varias veces para hablar de lo poco que en el Perú se invierte en investigación, en ciencia, en educación. Si Modesto Montoya, que estudió en París y tiene una maestría por La Sorbona, hace lo que hizo aquella noche en un cine de Lima, tengo que llegar a la conclusión, quizá redundante, de que la verdadera educación no viene de los títulos ni de las membresías.Y vamos marcha atrás –a despecho de nuestra economía siempre guanera-: cuando Zavalita preguntaba cuándo se jodió el Perú, en los cines se guardaba silencio.

(*) Aparecido en su columna del diario la Primera.

Con las enormes pantallas LCD, los DVDs con surround y todo esa parafernalia de los Home Teather, amén de la facilidad de acceso que tenemos en estos tiempos con la piratería cada vez mas perfeccionada, sumarle estas incomodidades cotidianas en el cine resulta insoportable. Digamenlo a mi, que he sabido soportar el martirio de la categoría psicopática del asistente al cine actual: idiotas redomados que fungen de comentaristas, niñatos y calabacitas latosos y un sinfín de majaderías de toda laya, desde quienes hablan por celular con parlante hasta esquizoides que parecieran necesitar de la chacota y la risa para sobrevivir a su indigencia cultural.

Antes se podía ir al cine en día de semana a la hora de la matinee y tener algo de tranquilidad pero con la proliferación de academias, universidades e institutos por todos lados, las salas siempre cuentan en sus filas con personas dispuestas a hacer su mejor esfuerzo como representantes de la estupidez y de la ausencia en clases.

¿Habría que sacarlos de los cines?. No lo van a hacer nunca. No le conviene al monopolio que practicamente es dueña de toda la cadena de exhibición. Tampoco se llegan a exhibir las mejores películas que son consideradas comercialmente inadecuadas o que ya vienen con la censura impuesta desde el imperio.

"El valle de Elah", que es una extraordinaria revelación, o no será proyectada o simplemente se le dejará pasar como las películas europeas, en habla hispana, o como las de aquellos directores demasiado intelectuales para este mediocre medio.

Una solución a mano siempre será Polvos Azules. Por el precio de una entrada te compras tres discos que espectarás en la tranquilidad de tu casa.

Al menos, mientras nos decidimos a cambiar y empezamos a comprender que la educación tiene una importante base en la consideración a los derechos de los demás. ¿ Es mucho pedir ?.


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