sábado, 1 de marzo de 2008

REMINISCENCIAS





Lo que el tiempo se llevó por Guillermo Giacosa (*)
Los techos de la casa donde viví mis primeros 16 años deberían tener una altura no inferior a seis metros. De otra forma, las cajas de sombreros de mi mamá hubiesen resaltado más. Eran enormes, redondas y se apilaban sobre el ropero pues dentro no cabían. La más grande era la que contenía la 'cappellina', que los españoles llaman 'pamela', y es ese sombrero de alas gigantes, elegantísimo, que les daba a las mujeres un aire vaporoso.
Menos lugar ocupaba la faja, pero el rito que cumplía inexorablemente mi madre para colocársela retoza aún en mi memoria. Primero se sentaba en la cama y colocaba el adminículo, que mediría 60 centímetros de largo y estaba construido con un derivado del caucho, hasta la mitad de sus rodillas.
Luego debía erguirse y ahí comenzaba un bamboleo que yo adoraba, echaba la cintura para la izquierda y subía la parte derecha de la faja, echaba la cintura para la derecha y subía la parte izquierda, hasta que, finalmente, lograba encerrar su trasero en esa suerte de corsé elástico que casi todas las mujeres de la época y de su clase social utilizaban.
Las cajas de sombrero y las fajas han desaparecido de mi vida. También el 'hielero' que atravesaba los patios de mi casa para depositar, cada día, una inmensa barra de hielo en la parte superior de nuestra modesta heladera de madera. A su costado o sobre la barra se colocaba la mantequilla, la leche y los alimentos más perecederos.
Mis tías Tere y Chocha tenían magníficas refrigeradoras eléctricas que, a mí, en ese tiempo, me parecían objetos intermedios entre el lujo y el milagro. Finalmente compramos una de color rosado cuya marca era Marshall y que mi padre le regaló a mi madre con una nota que decía: "Que esta refrigeradora enfríe todo, menos a vos".
No entendí muy bien la alusión, pero estaba seguro de que mi madre jamás intentaría meterse en ese aparato que había desplazado a nuestra vieja heladera de madera. Yo estaba tan contento que llamé a mi prima, que vivía muy cerca de nosotros, para contarle que Rosita Marshall estaba en casa. Vino creyendo que se trataba de una amiga y se alegró de que nosotros hubiésemos ingresado a la época de las refrigeradoras eléctricas en la que ella vivía hacía tiempo.
Recuerdo los remedios de ese tiempo: el más odiado, aparte de las inyecciones, era la leche de magnesia Philips, un asco envasado en frasco azul. También, y para el mismo propósito de favorecer la evacuación intestinal, estaba la limonada Roggé que, si bien no era tan repulsiva como la magnesia, te llevaba al baño en un santiamén. Luego nos daban Anticolli Crovelli y ampollitas que recomponían la flora intestinal.
A la leche de magnesia, después de torturarme por años, le han cambiado el sabor. Deberían indemnizarme. Heráclito tenía razón: todo cambia. Las mamás no usan 'cappellinas' ni fajas, los 'hieleros' han reemplazado las grandes barras por los anémicos cubitos, el café se toma sin cafeína, y hasta la perversa leche de magnesia ahora tiene gusto a frutas.

(*) Aparecido en su columna del diario Perú21

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